lunes, 22 de octubre de 2018

FILIACIÓN Y RESIDENCIA




El jueves de la semana pasada Hugo Robles, mi amigo, secretario y documentalista, me dice: Ha fallecido mi tía. En efecto, tuvo que trasladarse a Isla de Maipo, el viernes, para asistir a su entierro.

El jueves de Semana Santa de este año, esperando a nuestra amiga Paula del Sol en el aeropuerto de Pudahuel para dirigirnos a Llau-Llao (Castro, Chiloé) a entrevistar a Eduardo Vilches, Hugo Robles me hizo un comentario sobre el texto que yo había escrito sobre la obra de Gonzalo Díaz, Lonquén 10 años, para el boletín número tres del CEdA. En una conversación anterior, yo le había hecho el relato de cuán eficaz podía ser una fórmula de intervención en un coloquio, cuando uno comenzaba diciendo, por ejemplo, “y quien iba a pensar que en tal fecha (antigua) yo iba a estar aquí, hoy, en este mismo lugar, para referirme a estos mismos hechos, etc.” Lo cual es el tipo de imbecilidades eficaces con que se suele copar un espacio vacío. De modo que, haciendo la parodia de este tipo de intervenciones, mientras yo fumaba un cigarrillo en las afueras de aeropuerto, Hugo Robles comenzó: “¿Y quién iba a pensar que algún día yo te iba a mencionar que estaba biográficamente comprometido en esta obra de Gonzalo Díaz, a quien conocí en 1982 siendo mi profesor del taller de pintura?”. Luego, en 1987, Hugo Robles se encargaría de la edición compleja del ya histórico ejemplar de  Video porque TV (Catálogo Festival Downey).

¿De qué me estás hablando? –le pregunté. Y claro, me dice, uno de los asesinados que aparece mencionado en la lista de los quince ejecutados en Lonquén es mi primo. Gonzalo Díaz llega a pronunciar su nombre en la performance de cierre de la exposición en galería Ojo de Buey en 1989.  Pero te lo vengo a decir hoy día, en mayo del 2018, cuando estamos a punto de volar hacia Chiloé; solo porque has escrito un nuevo texto para el boletín del CEdA.

El primo de Hugo Robles había nacido el 5 de octubre de 1956.  Vivía en Isla de Maipo y era conocido por fumar algunos pitos, tomar más de la cuenta e insultar a la fuerza pública. Era lo que hacía con más frecuencia y por eso terminaba a menudo en un calabozo.  A veces, lo metían solo, y en otras ocasiones, junto a unos amigos de correrías. Tenían todos entre 18 y 20 años. En esos días de octubre, se les anduvo pasando la mano y agarraron a garabatos a los pacos. Terminan cuatro en el calabozo habitual del fondo. Estaban allí, cuando llegaron los once campesinos de la lista final; fueron introducidos a los otros calabozos de la comisaría, donde comenzaron a ser torturados. Al final de esta “sesión” los campesinos fueron sacados del recinto y conducidos a un camión. Entonces, en ese momento, el jefe de la comisaría se acordó que tenía a los cuatro detenidos en el calabozo del fondo y que habían escuchado todo. Los mandó a buscar y los subió a todos en el mismo camión. Desde ese día, los quince nombres quedaron inscritos en el registro de la infamia.

Su madre lo buscó por todas partes. El relato de su calvario ha sido suficientemente documentado. Esto tuvo lugar en octubre de 1973. Diez años más tarde, Hugo Robles fue alumno de Gonzalo Díaz, que lo invitó a exponer en Los hijos de la dicha, en Galería Sur, en 1985. En esta muestra Hugo Robles exhibió un diagrama de la hacienda chilena como soporte de socialidad fundante. Pero fue en 1988 que Gonzalo Díaz leyó el libro que en 1980 había escrito Máximo Pacheco (Lonquén, Editorial Aconcagua).  El objeto de éste fue describir el crimen de unos campesinos que se habían rebelado contra el modelo de la hacienda. Fueron asesinados por carabineros rurales, demasiado cercanos. Habían jugado a la pelota, todos juntos. Pero unos desafiaron al patrón. Hugo Robles pensó en el “patrón” edificatorio de la hacienda para habilitar el carácter de un diagrama. En mayo de este año, después de habernos encontrado en el funeral de Francesca Lombardo, Hugo Robles me acompañó para grabar una entrevista a Eduardo Vilches, que su a vez, ya había dibujado e impreso en su retina, el diagrama de una obra  que colocaba la cuestión de la filiación y de la residencia en el horizonte de nuestra espera.

El viernes pasado, Hugo Robles tomó el autobús a Isla de Maipo para asistir al entierro de su tía.  



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