domingo, 3 de marzo de 2019

PINTURA MODERNA DE TRADICIÓN FRANCESA


El placer historiográfico existe. Pensar en la obra de Jean Le Moal, cuyo nombre me fue pronunciado por José Balmes en 1984, me significa reconstruir el espacio de la crítica francesa de post-guerra, donde circulan los nombres de Jean Cassou, Bernard Dorival y Jacques Lassaigne. Pero hay otros dos señores que van a ocupar funciones administrativas en la estructura de difusión internacional del arte francés; se trata de Gaston Diehl y Raymond Coignat. No lamento repetirlo: son nombres que siempre estuvieron asociados a la exposición paradigmática de 1950. 

Balmes y Gracia Barrios viajan por vez primera fuera del país en 1954. El viaje a Europa comenzaba en Buenos Aires. Mientras esperaban abordar el barco, recorrían las colecciones privadas argentinas, gracias a una carta de recomendación de Pettoruti. Luego, en Paris, encontrarían a los pintores cuyas obras habían podido apreciar en 1950 en el MNBA. Después de eso, hay que buscar cual era la obra con la que Balmes ganó el gran salón de 1958. Todo esto está impreso. Es cosa de investigar en la Revista de Arte (segunda época). Hay una foto en blanco y negro. La pintura es muy cercana a la abstracción lírica. Lo primero es eso. En vez de andar repitiendo tonteras que a su vez repiten otras tonteras.

Es una tontera decir que Balmes depende y proviene de Tapies. Diré que es hasta de mala leche subordinarlo sin fundamento comparativo. La obra inicial de Balmes no tiene nade que ver con la “elegancia zen” de Tapies. Tampoco la obra de comienzos de los sesenta, cuando viaja de nuevo a España y se conecta con el Grupo El Paso. Menos, la obra de los setenta, que se acerca mucho más a los sígnicos italianos. Pero ¿Tapies? Esa es una invención de críticos que escriben una historia rápida en los ochenta, cuando se les ocurre inventar el catalanismo pictórico de Balmes, para desterrarlo por segunda vez.

Balmes no es un pintor catalán, si bien se instala en Chile teniendo en la retina a Mir y Meifren. El catalanismo de Balmes es una cosa fabricada a la medida del discurso victimalizante desarrollado en dictadura por quienes quieren desnacionalizar su origen. Eso no había ocurrido entre 1948 y 1973. A nadie se le había ocurrido reivindicarlo como pintor catalán.  Desde que se bajó del Winnipeg lo único que hizo fue convertirse en un pintor chileno, nacido en Cataluña. Es más. Pudo haber sido pintor mexicano. Pero su familia, que estaba inscrita primero en un barco para México, fue incluida finalmente en el barco que venía a Valparaíso. Paradojas de la historia.

Ahora, para ser sinceros, nunca ha sido elocuente la posición de la oficialidad cultural catalana respecto de la obra de José Balmes.

Entonces, regreso a Le Moal. El sub-título de la exposición de 1950 es “pintura moderna de tradición francesa”. No deja de ser. Es una tentativa rigurosa, en la post-guerra, la de enfrentarse a la versión americana que necesita inventar una modernidad pictórica propia, a riesgo de quitarle –justamente- a los franceses, el poder de nominación. Lo de “Manet a nuestros días” es una decisión de política de difusión de antes de la guerra. En Nueva York, en 940, queda bloqueada durante toda la duración del conflicto, una exposición que se llamaba “De Jacques-Louis David a nuestros días”.  El arte siempre viene a la saga de la política, pero anticipa su derrumbe.  La exposición en Chile tiene lugar dos años antes del fallido raid franco-británico sobre Suez. Para quienes aman subordinar las obras a los contextos, aquí hay un ejemplo: Suez. Luego vendrá, Indochina.

Por el momento, hay que preguntarse qué significa, en los años 50, hablar de “tradición francesa”. En 1941, Le Moal forma parte de un grupo de artistas reunidos por Jean Bazaine y André Lejard de la galería Braun, en París, que exponen bajo el titulo “Veinte jóvenes pintores de tradición francesa”. Entre ellos se cuentan Bazaine, Desnoyer, Manessier, Singier, Tal Coat. Sus nombres se van a repetir diez años más tarde, en la exposición del MNBA: “De Manet a nuestros días”. Lo que en Chile, los académicos de la Facultad no se darán cuenta es que recién hacía cinco años había terminado la ocupación alemana de Francia.

Bazaine dirá tiempo después que todos estos pintores estaban de acuerdo en la resistencia necesaria de la pintura. La resistencia, en este contexto, significa ser fieles a la tradición del modernismo francés; lo que significaba abandonar, en diversos grados, ¡la representación!, revigorizando la herencia del color fauve y de la forma cubista, al tiempo que se rendía homenaje a la pintura francesa histórica, sobre todo, el arte románico. Esta exposición sería un faro que serviría para señalar la vía a una nueva generación de pintores no figurativos, que debían formar el núcleo de una nueva Escuela de Paris de post-guerra.

Antes de seguir con la resistencia, me detengo en la mención al arte románico. Esto no es casual ni tampoco desprovisto de importancia. Una de las características de la pasión de Juana Muller será su admiración por el arte románico, que está en la base de la serie de tótems que realiza entre 1945 y 1950. No podría ser otro modo, puesto que comienza a formar parte del entorno pictórico de estos mismos pintores, porque en 1944 contrae matrimonio con Jean Le Moal.

Ahora bien: en el estudio que hice en Nantes, en los Archivos de la diplomacia francesa, una de las cosas que más me sorprendió fue encontrar recortes de prensa santiaguinos en los que los académicos más renombrados de la Facultad de Bellas Artes advertían del peligro que la pintura fauve y el cubismo podía significar para la formación de los estudiantes. Esto sucedía en 1950. Pero como no recordar el texto de Carlos Humeres, a mediados de la segunda guerra, en la introducción de esa lamentable y humillante exposición de pintura chilena que tuvo lugar en Ohio, como una acción compensatoria, donde repite orgulloso que la pintura chilena está en un buen pie, porque se ha enfrentado con éxito contra el fauvismo y el formalismo francés. Declara que la “pintura de la facultad” de los años cuarenta ha logrado el éxito de haber obstruido la modernidad pictórica.

Lo anterior lo he repetido en varias ocasiones y la gente de arte cree que lo digo de mala onda. El fragmento a que me refiero aparece citado por el doctor Ramón Castillo en el catálogo de la primera sección de la exposición “Chile Artes Visuales 100 años”. A él le correspondió organizar la muestra sobre el arte chileno de la primera mitad del siglo XX.  Nadie le ha dicho nada por eso. La cita de Humeres la leí en el contexto de su trabajo historiográfico y entendí que estaba orgulloso de esta exposición de arte chileno en la ciudad de Toledo, en EEUU, y que aprobaba el propio texto institucional del académico en cuestión. No deja de ser: Humeres reproducido por Castillo, para reproducir –a su vez- condiciones análogas de mediocrización administrativa para el arte chileno.

Para terminar esta columna, entonces, hay que decir que la “tradición francesa” cuyo emblema llegaba a ser exhibido en 1950 en el MNBA, se vio confirmada por la actitud del grupo de estudiantes que, prácticamente, acampó en el museo durante toda la duración de la exposición, porque –contra Humeres- confirmaban la existencia  de la pintura que ellos estaban buscando.

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