miércoles, 1 de marzo de 2017

LA ORQUESTA ROJA: LA NOVELA (2).


 La primera edición que tuve de La orquesta roja fue de EMECE. La segunda, la compré en dos volúmenes, y estaba publicada por una editorial vasca. Pero entre tanto, ya había leído las memorias de Trepper, Le grand jeu, publicada en francés en 1975.  Ahí entendí que la novela había dejado de ser un documento pedagógico para la organización de la retaguardia exterior. Mis compañeros se conectaron directamente con los soviéticos, que les enseñaron a fabricar los mejores “barretines”  y a producir los documentos de mejor calidad.  Así fue como algunos de los más importantes lobbystas  de hoy y sus epígonos pudieron ingresar al país, y colaborar de manera significativa en el desplazamiento de las nuevas figuras políticas que habían emergido del manejo del onegismo académico alternativo.  Fue como un recreo. Nunca había ocurrido que académicos de la izquierda des/marxistizada pasaran a ocupar un lugar de relevancia en la conducción del movimiento social. Fue su época de oro.  Hasta que se  programó el regreso de los cuadros históricos de los partidos, que con prontitud tomaron en sus manos las riendas, después de las primeras protestas. Había que controlar el movimiento social para conducir la transición en la medida  de lo que el movimiento político podía definir como posible. Y así fue.

Antes del ingreso al frente interno, como se le llamaba, los compañeros de otra facción abandonaron  La orquesta roja y se pusieron a leer  El chacal.  Este fue un cambio radical en la estrategia de formación de cuadros para la lucha insurreccional. Incluso, nos recomendaban ingresar al Metro de Paris, sin pagar, para habituarnos a desarrollar un “espíritu  infractor”.  Había que combatir el pacifismo histórico del movimiento popular chileno.

A los que no iban a Cuba, les quedaba la lectura de El Chacal, para desarrollar hábitos de caracterización en condiciones extremas de lucha clandestina.  Lo que no estaba escrito, pero se sabía, era que todos los que viajaban a Cuba lo hacían por Praga. Entonces, tenían que salir por Le Bourget, donde los RG franceses le tomaban una foto a todos los que embarcaban en esa dirección. Todos fichados.

El problema para “nuestra” orquesta roja fue que a su regreso a Francia, a la espera de ser enviados al frente interno, corrían el riesgo de ser controlados por la policía y no tenían un relato consistente para demostrar donde habían estado en el último año. Además, no tenían papeles.  Entonces, entraron en clandestinidad, en la propia Francia, a la espera de ser enviados a Chile, a combatir. 

Entonces vino un compañero que les dijo sin  anestesia:  “¿a combatir? Pero si perdimos la guerra.  Los van a estar esperando a la bajada del avión”.  Y decidió cancelar el plan de  regreso.  Es de imaginar la dimensión de la decepción. Se habían pasado un año estrenando en Cuba para ser enviados al interior y  ahora les impedían el ingreso.  Era una manera poco honrosa de terminar una carrera de combatiente.  Pero esa decisión les salvó la vida. Dejaron de leer El chacal, olvidaron La orquesta roja, y aprendieron a pagar el boleto del Metro.  Algunos, de todos modos, se fueron a El Salvador, para –al menos- combatir con una arma en la mano y salir a página completa en reportajes del Paris Match.

Desde ese entonces, las luchas por el control del frente externo se desplazó hacia la representabilidad de los discursos.   El onegismo  pasó a configurar el frente de producción de la ficción pactada  para  caracterizar a la dictadura, en la perspectiva de una construcción de alianzas adecuada.   Los compañeros que pensaban que el destino debía estar definido por los intereses de un movimiento popular deseado a su medida, no entendieron que el regreso de los veteranos suponía otro concepto de construcción de redes, pero que sobre todo, el síndrome de la resistencia francesa bajo la Ocupación ya había sido superado por el dinero del Consejo Mundial de Iglesias y por la elección de Mitterand, que reorientaría las inversiones del accionalismo –entre Touraine y el cura Arroyo-, pasando por las reversiones italianas, sin olvidar el millón de dólares que entregó Kadaffi, creyendo que apoyaba la lucha armada que ya había sido olvidada.

La verdadera novela chilena de la dictadura no fue escrita por escritores de profesión, sino por los sociólogos que  acomodaron la superficie de recepción  de una ficción  que se subordinaba  a la formación de la alianza presupuestaria más exitosa del siglo XX.  En este sentido, es una “novela de origen” que ya está escrita en léxico gramsciano, pero sobre soporte gramático tomista. 

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