Un amigo mío que vive en Madrid y que está convaleciente
después de una delicada intervención, me
envía un mensaje de texto en que
me comunica su lectura tardía de La orquesta roja, de Gilles
Perrault.
Para el golpe militar la leí, en casa, esperando entre señales radiofónicas en clave y recortes de prensa para informar lo que
estaba escrito entre líneas, cuando en verdad, nos estaban dando de frente. Compañeros del partido nos habían recomendado
la lectura de esta “novela pedagógica”, porque relataba las vicisitudes de la red de
espionaje soviética en los territorios ocupados por los alemanes. La decisión manifiesta era construir unas
redes de similar envergadura. Para eso
habíamos seguido unos cursos que daban los compañeros del ERP, en Buenos Aires.
Sin embargo, la primera tarea era la correcta caracterización
de la dictadura. El asunto no tenía que ver con lo real, sino con el discurso.
Había que calificarla imaginariamente
como una ocupación extranjera, llevada a
cabo por unas FFAA que se comportaban como “alemanes en Francia”. El propósito era obtener el apoyo
internacional adecuado que nos condujera a realizar una lucha de liberación
nacional, en los textos.
Era recomendable leer a
Gilles Perrault con el objeto de adquirir conocimientos muy bien
narrados, acerca de las dificultades de constitución de redes y de organización
de una lucha clandestina contra un invasor.
De tal modo, los compañeros de la dirección que estaban obligados a permanecer
largas semanas en casas de seguridad, leían y tomaban notas. Resulta sorprendente saber
hoy día que lo hacían con verdadera pasión, como si hubiesen sido sacados de una película
de la resistencia francesa, haciendo volar trenes por los aires y entregando
mensajes en bicicleta.
Dirigentes que hoy día son dueños de importantes sociedades
de lobby, aprendieron de memoria el mapa
del Metro de Paris, dispuestos a preparar las nuevas condiciones de lucha en
el frente exterior, mientras les conseguían
papeles para abandonar la zona ocupada. Luego de aprender el mapa del Metro pasaban a la guía famosa cuyo nombre he
olvidado, para aprender trayectos completos y realizar listas de calles por arrondissement.
Era muy importante asumir la figura heroica de los primeros
resistentes mitificados por años de propaganda gaullista y comunista. Lo realmente lamentable es que estos mismos
compañeros no pudieron hacer distinciones políticas y tomar decisiones de
principio, cuando fue proyectado en Chile
el film de Costa-Gavras, La
confesión.
Ayer vi de nuevo De regreso a Praga, de Chris Marker. Es un documental sobre el rodaje de La confesión.
Sin embargo, la lectura de La orquesta roja no dejaba de presentar algunos problemas; en
particular, las sospechas acerca del trotkysmo de Trepper, el agente
ejemplar, que después de la guerra es apresado y
lo hospedan durante diez años en la Lubianka.
Tuvo la mala idea de regresar a Moscú para pedir cuentas
a algunos de sus superiores, por no
haber escuchado ni interpretado correctamente algunas de sus informaciones
claves, entre las cuáles se encontraba
la del anuncio que prevenía del ataque alemán contra los soviéticos, ya que era
una información conocida en los servicios, pero que había sido
transmitida por Victor Serge, detenido por la
Inteligencia japonesa y encarcelado hasta el fin de la guerra, cuando
decidieron fusilarlo, porque Stalin se negó a canjearlo.
Trepper había inventado el “gran juego” (doble juego) y
había logrado proporcionar información de vital importancia al estado mayor del
ejército rojo. Al precio de una
des/marxistización total de los recursos intelectuales, mis compañeros se
entregaron a la estrategia de la fundaciones y montaron el “doble juego” de la
Transición, pactando a sus muertos.
El hecho es que los lobbystas de hoy, junto con sus amigos
diputados, eran unos grandes adictos a franconizar
el discurso. Como decía, lo primero fue
la hipótesis del ejército de ocupación. Luego
vino la de los resistentes. Pero no
quisieron ver La estrategia de la araña de Bertolucci cuando se exilaron en Roma.
Finalmente vino la hipótesis más elaborada: la caracterización de la dictadura.
Porque hay que decir que estos lobbystas de hoy y sus amigos
senadores, tenían a su servicio a unos sociólogos que les proporcionaban
insumos literarios de primera magnitud destinados a producir ensayos de
caracterización. En verdad, entre las
retóricas del Informe al Pleno y el Ensayo
de Caracterización, la gran ficción chilena le hizo lugar a la hipótesis de una dictadura bonapartista. Esto
significaba leer las condiciones del golpe de 1973 de acuerdo a los efectos
fantasmáticos del golpe de 1852, y que
fuera el motivo para que Marx escribiera el 18 Brumario.
En esto, los
dirigentes del MIR ya se habían
adelantado. Un año antes del golpe
militar, Miguel Enríquez y sus compañeros de la dirección leían las Memorias
de Manuel Azaña, porque en ellas
estaban advirtiendo cómo se perdía una
revolución.
En ese sentido, practicaban una literatura de anticipación.
Mientras esto tenía lugar, unos recientes lectores de Lenin
se escupían citas para defender la hipótesis sobre el carácter leninista de la
revolución chilena, de modo que el guatón Correa pudiera sostener en su discurso
la tesis del doble poder y las tres tareas del gobierno popular. Después
del cambio de coyuntura, Correa quería ser Trepper. Sin embargo, le tocó pasar
por Roma, donde lo habían amado tanto, y tuvo que admitir la aparición de dos
nociones que le complicaron el negocio de la enunciación por sustitución. Estas nociones eran dominación y hegemonía.
Sin embargo, tuvo el valor y la audacia de subordinarlas y someterlas a la
presión de la matriz tomista, que
siempre ha sido la suya. Mientras los
productores de insumos hacían el corretaje de Gramsci, Correa les enseñó a su vez a cómo
denominar una cosa con el nombre de otra, para seguir haciendo lo de siempre.
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