sábado, 6 de febrero de 2016

LA LECCIÓN DE GEOGRAFÍA (2).


Una pintura como la de Valenzuela Puelma, La lección de geografía, ha pasado a ser una de las más populares entre la crítica y los artistas.  Hace algunos años, Antonio Guzmán presentó en la Fundación Migliorisi (Asunción, Paraguay) una pequeña “instalación pictórica”  en la que proyectó una imagen de esta pintura, a la que le sobreimprimió otra, dibujada por él, de un Pinocho con la nariz muy larga, que sustituyó la imagen del niño.  Junto a la proyección,  por un lado, se desplegaba una serie de dibujos de escolaridad perturbada y perturbadora, en que un maestro con cabeza de burro castigaba a los infantes que tenía a su cargo.  Mientras que por el otro lado,  Antonio Guzmán exhibió dos o tres sacos (chaquetas) colgados dando la espalda. 

No entraré a repetir la hipótesis que ya se ha hecho obvia.  Esta pintura realizada en 1883, probablemente expresa la voluntad de una obra por legitimar mediante la imagen la incorporación de nuevos territorios.  Por cierto, es una lectura muy conveniente para la corrección política contemporánea y diseña el modo cómo se debe representar la voracidad de una clase política para la que la pintura no hace más que ilustrar su pulsión incontenible.

Es preciso agregar que en el momento  en que Valenzuela Puelma realiza esta pintura está teniendo lugar la Guerra de Pacificación de la Araucanía, con lo cual podemos inferir que la pintura garantiza el despojo y encubre una aniquilación.  De todos modos, lo que representa es siempre el acomodo entre Poder de la Imagen e Imagen del Poder.  Obvio, ¿no?

Recuperé un archivo de la obra de Antonio Guzmán en Asunción y lo imprimí, recortando la hoja y  pegando un fragmento en un cuaderno  de apuntes.  Lo descubro en estos días, mientras preparo el ensayo para el catálogo del envío chileno a la Bienal de Arquitectura de Venecia.  La pintura de Valenzuela Puelma puede ser entendida como la voluntad del manejo del territorio.  La instalación de Antonio Guzmán, en cambio, puede ser advertida como la prueba del manejo del cuerpo.  El mapa se aprende copiando sus trazos y coloreando las zonas de conflictividad.  El Pinocho que miente sobre sus legítimas intenciones exhibe la marca de su competencia,  mostrando  la metamorfosis del  cuerpo del pincel en nariz de palo fálico dispuesta a depositar en un instante la cantidad de grumo que asegure la ley de fidelidad imaginaria.  No deja de ser un chiste, ¿verdad?, toda esta psicoanalización de pacotilla que provee de materiales de gran valor para el desarrollo de nuestras investigaciones.





¿Con qué ropa? se pregunta Antonio Guzmán.  Lo que caracteriza al maestro del cuadro es la dimensión  prescriptiva  de su “percha” como preceptor.  El niño-Pinocho es tan solo un verificado receptor de voluntad territorial.  Ya lo he mencionado en otro lugar. Existe un  juego de palabras entre “mapa de Francia” y mancha de la polución nocturna sobre la sábana de Luis XV cuando era un adolescente. Podía engendrar a una sucesión; podía identificar su cuerpo con el cuerpo del Estado.  Hay algo de eso en el Valle Central de Chile: la diseminabilidad de los hijos de la oligarquía jugando cada verano, entre sí, a poner la nariz.

A propósito de la ropa, cuando Balmes quería pintar un cuerpo nunca pintaba un cuerpo, sino raramente. La mayor parte de la veces pintaba una camisa o una  chaqueta.  Pintaba por ausencia dando a ver el vacío. Era la única zona  gráfica que se confundía con las hilachas del sentido faltante. En cambio, para Antonio Guzmán, la saturación de los cuerpos se da a ver en los detalles de sus costuras significantes, en los cierres de la representación oligarca de la transmisión  de sentido.  De este modo, Guzmán recupera la política de línea que horada la superficie de retención de la seminalidad hacendal.

La mancha  vendría a ser un significante  pictórico chileno porque sería recogida en un pañuelo con el monograma del autor del grumo.   La firma del título de propiedad  pone de manifiesto la prueba de seminalidad que la pintura chilena proporciona a sus propios referentes.  La pintura certifica el dominio simbólico de la tinta y del empaste, como fiel  expresión de la ideología del trazo inicializante con que con los copistas reproducían la primera letra de los capítulos convirtióndola en un espacio visual.  En la cuenca de la ilustración del paisaje humano reside la visualidad de la letra.  ¿Qué es lo que el maestro del cuadro de  Valenzuela  Puelma le enseña al infante-Pinocho?  Que su su mano  señala el alcance de la transmisión vigilada y que la nariz de Pinocho devela  el valor de la palabra perturbada que denomina la veracidad del campo de la pintura. 


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