domingo, 25 de agosto de 2019

PIEDRAS



Un festival es siempre una apuesta editorial, desde su programación hasta la logística de su emplazamiento y realización. Suelen ser momentos de discontinuidad en la vida de una comunidad, destinados a ponerla en relevancia y fijarla en un mapa de relaciones culturales complejas. Es así como desde hace diez años, un festival de cine documental tiene lugar en la Isla de Groix, a media hora en ferry frente a la costa de Lorient (Bretagne). Durante el trayecto, la antigüedad de la historia contemporánea resulta imposible de omitir, puesto que se aprecia desde la embarcación, los restos de la base de submarinos alemanes durante la segunda guerra.  Son las primeras imágenes de este viaje editado para desembarcar en una programación dedicada aux îles chiliennes: Chiloé, Juan Fernández, Rapa Nui.  Desde Groix. Donde dos capillas establecen unos parámetros de recepción, en el terreno de la imagen: en la primera, vitrales donde aparece San Pedro pescador; en la segunda, vitrales donde Santa Ana salva a los náufragos. Entre ambas figuras tutelares podemos entender que un festival de documentales sea la extensión natural de un cierto rigor bretón. El pueblo (le bourg) está anclado por estas dos imágenes. En la aguja de la torre de la iglesia principal un atún, objeto primario de la economía de la isla, vigila los vientos. En algún momento llegó a haber más de un centenar de chalupas que hacían sus campañas de pesca entre Lorient y Dakar. Pero esa es una historia de antes de la motorización.





Un festival, como decía, es una pequeña máquina de edición: en el programa, tres documentales desde/sobre Rapa Nui, que difícilmente veríamos juntos en nuestro país. Formando un bloque discursivo que pone en tensión el archivo, la expoliación y el manejo de la capacidad de carga de la isla; declarando derechos, sugiriendo aproximaciones eco-sistémicas, promoviendo formas duraderas de recuperación de la lengua, fijando parámetros para una historia de problemas.  

En agosto de 1785, desde el puerto de Brest, zarpó la expedición de La Pérouse, acostando en Rapa Nui en abril de 1786. Su segundo de a bordo era Fleuriot de Langle. Curiosamente, resultó que su familia fue alguna vez propietaria de la colina en la que se ha instalado, hoy día, el proyecto de esculturas de La Vallée des Saints, en plena ruralidad bretona, a dos pasos de Carnoët. Como siempre, en Bretaña, se es fiel a las imágenes tutelares. Desde el siglo quinto, después de la retirada de los romanos de las islas británicas, se intensifica un movimiento migratorio empujado por los ataques de los pictos de Escocia y los “scots” de Irlanda. Monjes, ermitas y otros miembros del clero se instalan en la península de Armor, donde los druidas reúnen todos los poderes, desde los ritos y la enseñanza vía tradición oral. En el contexto celta, el terreno jurídico forma parte de la teología, lo que convierte a los druidas en juristas y jueces. La evangelización de la Armórica se hizo, no por destrucción de los cultos de origen celta, sino por la instalación de un nuevo sentido de las viejas tradiciones que se traduce en fuentes, estelas, dólmenes, túmulos, etc. Es decir, en trabajos de la piedra.




Es la singularidad de la piedra la que conecta a Rapa Nui con Bretaña, a propósito de una iniciativa que se propone realizar una residencia de escultores rapa nui en este valle, para levantar un monumento; porque es desde esa singularidad definida por la materia, que se alcanza una proyección universal sobre las formas de relación con lo sagrado. Esta es una manera de entender como la naturaleza según las leyes inmutables de la física organiza su estrategia de ataque y de defensa mediante combinaciones cruzadas.

Ciertamente, es gracias a las piedras que  Jean Malaurie[1]  pudo interrogarse sobre las dialécticas internas de las sociedades humanas. Un minuto de atención para las palabras de este soñador de las piedras. Es la geomorfología la que le hizo comprender el ecosistema de la materia, las leyes de la evolución, de la piedra, de los hombres, y la psicología genética del entorno, de la inercia a la vida.  La realidad es rugosa y en su complejidad nos proporciona la prueba de que lo minúsculo es enorme. La naturaleza se organiza hasta en las acumulaciones de piedra. Jean Malaurie se pasó la vida en tierras inuit estudiando los desprendimientos y pedregales de rocas, buscando en sus diferencias térmicas una explicación de la erosión, como parte de la cultura.

Pensar la cultura como erosión es entender la realidad humana en una dimensión cósmica que no deja de plantear dudas a los negociantes de ciencias ocultas. Es una broma; me refiero a las ciencias sociales ministerializadas. La cultura es la elaboración de la erosión, a partir de las consideraciones simbólicas de las fallas. Esto es, lo que llamo historia de problemas.

Por alguna razón comencé esta columna haciendo mención al vitral de San Pedro, tirando las redes, para dar cuerpo a la parábola de la multiplicación de los peces, como ilustración de una economía local que sostiene un festival de documentales donde se recoge la multiplicación de las imágenes de las islas, en su materialidad referencial: sobre esta piedra levantaré mi iglesia; que es como decir “sobre estas piedras levantaré las imágenes del esfuerzo humano”.   


[1] MALAURIE, Jean. “Hummocks”, De la Pierre à l´homme, avec les Inuit de Thulé, Terre Humaine / Poche, Plon, 1999.


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