jueves, 13 de junio de 2019

PENTECOSTÉS (2)




En la columna sobre las películas pentecostales, había dos problemas; por una parte, la lealtad restringida para las mujeres encargadas de reproducir la casta; por otra parte, el rol de los secretos-a-voces en la economía doméstica de la virilidad. La alfombra solo fue sustituida por un baúl y lo único visible es que las nuevas generaciones de latifundistas “no dan jugo”. Tenemos a un bueno para nada que todo indica que se dedicó a las finanzas en la capital y sacó esposa gringa después de probables estudios en una universidad americana. Tenemos a otro bueno para nada que renuncia a los privilegios de la clase para dedicarse a escribir novelas. Esa es la conclusión radical de “Calzones rotos”, la película de Arnaldo Valsecchi (2015). Finalmente, ambientada en 1959, es preciso conectar la trama con el triunfo de Jorge Alessandri en 1958. Lo que se viene ni se prefigura siquiera. A retener, la obra es del 2015 y hace el relato de un tipo singular de contradicciones, localizada en 1959, con lo cual pasa a ser un documento de ficción que posee efectos documentales. No hay registros fílmicos de la vida hacendal en  plena crisis de su autoconsciencia. Los documentales de Sergio Bravo, “Trilla” y “Mimbre” datan respectivamente de 1959 y 1957 y no diremos que adopta una posición orgánica de clase, sino que hace gala de la estetización antropológica ingenua de un campesinado al que no logra atribuir la superioridad ontológica deseada, llegando a ser, indefectiblemente católico en su recuperación de la pobreza ejemplar de las formas. De ahí, a los muebles de palo quemado hay tan solo un pequeño paso. La extrema izquierda de ese entonces carece de capacidad documental, porque apunta a desarrollar el “frente informativo” contra la burguesía urbana y la oligarquía terrateniente, reproduciendo en el mito impreso el semanario del partido. Al final de cuentas: el triángulo Kaulen/Littin/Francia –en 1969- no superan la ideología católica del sacrificio pedagógico expositivo. Los tres   carecen de voluntad cinematográfica soviética.  Miguel Enríquez nunca supo quien era Zviga Vertov, aunque algunos publicistas del allendismo histórico reivindicaron el “tren de la victoria”, porque pensaban en Pancho Villa, más que nada; que dicho sea de paso, filmó cargas de caballería ficticias para noticieros americanos. La gran epopeya de Ranquil solo sirvió para señalar el camino gráfico a las tomas de fundos del Movimiento Campesino Revolucionario, que repetía el gesto paleolítico de los hombres de Lascaux y Altamira, incorporando rojo y el negro arcaico en sus banderas. Todo esto es de una gran ternura.  Entonces, Valsecchi reproduce en el 2015 una ficción asignada a figurar el derrumbe simbólico ya prefigurado en la narrativa de José Donoso y Jorge Edwards. Pero llegó tarde. Caiozzi la reacomodó reduciendo el modelo de Eduardo Barrios en “Gran señor y rajadiablos”, justo en el momento que don Mario Góngora publicaba sus libros sobre la historia del Estado en Chile. Las relaciones entre historia y literatura nunca estuvieron más fecundas, al punto que muchos historiadores se volvieron novelistas de la gran saga de Chile como relato de una des/soberanización originaria. Y otros grandes novelistas colmaron las fallas epistémicas de la historia académica, reconstruyendo  la retórica que sustentaba el enunciado de unos proyectos deseados por una vanguardia perverso-polimorfa que no estaba a la altura ni de sus propias ficciones. Entonces, la epopeya del No tuvo su propia “operación Verdad” y fue plasmada en una película, que se ha convertido en el único documento crítico disponible para abordar la paradoja de la transición interminable e interminada. Solo llegaré hasta aquí. No hay condiciones para proseguir. Ya lo decía Guattari, el cine es el psicoanálisis de los pobres. Así lo hizo recordar, anteayer, de manera magnífica, Gabriela Trujillo, al presentar y moderar el debate posterior a la exhibición de “Gloria” de Sebastián Lelio, en la Cinemateca francesa. Algo pasó entre los personajes de Valsecchi y el hombre personificado por Sergio Hernández. Todo están amarrados por el síndrome de “la falta de jugo”.  Amarrados, dije. Mientras que todo parece indicar que todo el “novísimo cine chileno” se habilita en las mujeres para montar historias de des/amarre. Sobre todo “El clan”, que es una historia de des/amarre simbólico.  Más aún, “Jesús”, que se ofrece como un “manual de cortapalos” sobre la caída del padre.

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