miércoles, 16 de diciembre de 2015

JEREMY DELLER Y EL PROYECTO DE NAVARRO/YÁÑEZ PARA LA BIENAL DE VENECIA.


En la entrega anterior me referí a dos cosas finales:  primero, que tanto Mario Navarrro como Camilo Yáñez me hablaron de Jeremy Deller;  segundo,  que la noción de “templo laico” fue empleada a propósito del envío de Jeremy Deller a la Bienal de Venecia. 


En La Segunda del sábado 12 de diciembre publiqué una columna de opinión bajo el título Nadando entre tiburones. El objeto de ésta era la obra que acaba de montar Camilo Yáñez en CCU, pero sobre todo,  su puesta en contexto con la fabricación de  lengua política.  Respecto de esto, las  declaraciones de Enrique Correa en La Tercera del 6 de diciembre eran el (d)efecto anticipativo del trabajo de Camilo Yáñez. Pero  en mi columna de La Segunda apuntaba a otra cosa,  que tiene que ver con Correa y la lengua  de encubrimiento, que en términos estrictos,  remite a  concebir la política (solo) como una cuestión de inteligencia.   Recordé un texto que escribí hace muchísimo tiempo, en el que me refería al tomismo-leninismo de Correa; es decir, a su monumental sentido común y al  obsceno manejo de la lengua prescriptiva que termina  en un manual de policía menor. 

El tomismo referido cubre la eficacia letal del leninismo como sistema de interpretación de la Ley del Discurso y la antecede como fundamento del Verbo diseminante y diseminado, que conecta el diagrama de Correa, más bien, Correa convertido en diagrama de lengua,  con las ensoñaciones pictóricas  del nacimiento de Venus, que tiene lugar en un ambiente acuático como el que Camilo Yáñez hace mención en la exposición de CCU. 

En la base del discurso religioso de  Correa hay (siempre) una especie de paganismo operacional greco-latino aprendido –a pesar de todo- en el seminario,  y que convierte la escolástica decadente en el bajo fondo literario  de la pentecostalidad como política.  De todo esto, me ocuparé más tarde: de la escolástica chilena. 

Regreso a la frase del comienzo.  Al final,  a través de la obra de Jeremy Deller  me propongo recuperar una iniciativa que se saldó en una derrota y que consiste en el Proyecto para la  56ª Bienal de Venecia que redactó Camilo Yáñez como curador del envío de Mario Navarro.   Es decir, Navarro y Yáñez formularon  un proyecto cuya radicalidad permanece a pesar de no haber sido retenido por la comisión- especialmente-organizada-para-que-ganara-otro-proyecto.  Paciente, calculada y aparente cándida   la posición  de Navarro y Yáñez al haber participado en una operación que ya estaba arreglada,  porque no se puede ir contra  la política oficial de género convertida en reparación tardía por servicios prestados. 

La importancia del Proyecto  (no aceptado) de Navarro y Yáñez reside en que se levanta contra tal oficialidad de la transgresión bien temperada y trabaja en la razonada prolongación de un proyecto   conjunto de rearticulación del campo plástico,  que ambos ya presentaron en la Bienal del Mercosur que curó Victoria Noorthoorn, cuando ésta bienal significaba algo, todavía, en la región.

El proyecto para la 56ª Bienal de Venecia redactado por Camilo Yáñez y que no fue retenido por una comisión-de-conflictos-de-interés  plantea el recurso al espiritismo como una práctica sustituta y paródica de contacto con lo sobrenatural, pensado como un espacio omitido y sepultado por las modernizaciones católicas del discurso social. Manuel Vicuña escribió un libro sobre esto. Y también, por eso mismo,  escribió el texto de presentación de la exposición de Camilo Yáñez en Espacio H, sobre la cual los jóvenes competentes del discurso ascendente no se atrevieron a decir una sola palabra, por temor a quedar fuera de una promesa de contrato en un museo arruinado. 

La instalación propuesta por Mario Navarro para Venecia contemplaba objetos entre los que es preciso reconocer, entre tantos otros, unos chemamull,   “esculturas” destinadas a funciones rituales, que favorecen la conexión con lo sobrenatural.  Lo más decisivo, sin embargo, es que el proyecto estaba precedido por un epígrafe de Chris Marker: “Cuando los hombres están muertos, entran en la historia. Cuando las estatuas están muertas, entran en el arte. Esta botánica de la muerte, es lo que nosotros llamamos la cultura”.
Ya se verá por qué en un proyecto es tan decisivo el epígrafe.  Para que lo sepan los comentaristas de glosa, el texto proviene del documental  que Marker realiza junto a Alain Resnais en 1952-1953, Las estatuas también mueren.  A los jóvenes investigadores que (d)escriben en La Panera y en Artischock habría que indicarles que este documental fue realizado en un momento en que  se anticipaba una reflexión sobre el rol del art nègre en las luchas anticoloniales.  Es bueno que sepan que antes de las citas de los textos  de-coloniales en vigor, hubo una luchas anti-coloniales.

Este dato no es menor para nuestro debate de hoy sobre los museos de la república. El documental había sido solicitado por un colectivo –Presencia Africana- a partir de la siguiente pregunta: “¿Por qué el arte negro se encuentra en el museo del hombre mientras el arte egipcio o el arte griego se encuentran en el Louvre?”.

Enfin: ¿que es lo que hacen Resnais y Marker?  Denunciar los mecanismos de la opresion colonial, de la aculturación y  de la museificación y patrimonialización del mundo.  

¿Que es lo que hacen Mario Navarro y Camilo Yáñez con este proyecto para Venecia? Denunciar la  autocolonización chilena a través del encubrimiento de su propia aculturación. Lo fantástico de esta propuesta es que tiene lugar en el mismo momento en que Chile   participa en la Feria de Milán. El ministerio favorece la feria (industria creativa) y convierte a la  bienal en caja pagadora de favores para proyectos de jubilación compensatoria.  ¿No está mal, verdad? Porque más allá de todo, la Feria de Milán significa montar la ficción  interministerial de una “imagen-país”;  mientras que Venecia plantea la posibilidad –imposible- de desmontar  dicha ficción, en el seno del propio gobierno.  Así no se puede.  

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