lunes, 5 de noviembre de 2018

MUSEO-DIAGRAMA Y MUSEO-ESPECTÁCULO.



Durante el último fin de semana largo me llegó por correo la transcripción de la intervención que hice en el primer coloquio de prácticas curatoriales que organizó en diciembre del 2017 el Museo Violeta Parra. Recordé haber planteado una distinción que me resulta de gran utilidad para asegurar la continuidad de las reflexiones sobre la musealidad local. En doce meses han ocurrido algunos incidentes respecto de los cuáles este coloquio fue premonitorio. Lo que me importa, en este caso, es recuperar la distinción que hice entre museos-diagrama y museos-espectáculo.

Museo-diagrama está definido por la necesidad de conocimiento que plantean ciertas obras. Hay obras que definen la densidad del arte chileno. Esas son las obras que determinan las líneas de investigatividad instaladas por los problemas que plantean. ¿Qué es un problema? ¿Qué entender por líneas de investigatividad? Esto significa reconstruir las bases de la reproducción de representación que el arte chileno se hace de sí mismo, a través del conflicto de interpretaciones a que estas obras dan lugar. No se trata de reunir un grupo de obras y hacer de ellas un frente referencial para ser convertido en plataforma interpretacional dominante. La invención de la escena de avanzada es lo que es; una invención programática. Pero se revela inadecuada a la hora de hacer rentable su disposición para reconstruir la autonomía diagramática de quienes son forzados a convivir en un mismo saco. El diagrama de obra de Dittborn no es homologable, ni articulable siquiera, con el diagrama de obra de Leppe. Los pongo como los referentes más decisivos de un momento de definiciones cruciales, a partir de las cuáles es posible formular unas líneas de construcción museal, en la medida que las obras son el síntoma de una radical reflexión sobre las transferencias y filiaciones de momentos significativos de aglutinación coyuntural de las formas, en el arte chileno de los últimos cuarenta años.

En términos del museo-diagrama reivindico el trabajo realizado por el equipo del MSSA, en cuanto a exhibir  la existencia de obras que deben ser tomadas en cuenta como anticipación formal de los debates de 1980. Me refiero a obras de Valentina Cruz y de Virginia Errázuriz, realizadas en un “ambiente” polémico no reductible, ni a las determinaciones surrealistizantes ni a las sobredeterminaciones informales del historicismo pictórico. Pero tampoco se trata de concebirlas como precursoras, porque ello supone valorizarlas desde una invención institucional posterior. Todo lo contrario. No hay que hablar de precursoras, sino de cuerpos de obras activos que fueron invisibilizados, justamente, por la hipótesis de la precursividad.

Si de museo-diagrama se trata, hay que hacer referencia a estas obras que ponen en tela de juicio la tolerabilidad formal del propio museo, en una coyuntura dominada (1970) por la disputa entre la Facultad y el MNBA.  En un momento en que Antúnez convertía el museo en centro cultural,  la objetualidad de Valentina Cruz anticipaba la intolerabilidad del formato para acoger un tipo de producción que había acelerado los términos de un análisis institucional.

Así como en un momento hablé de los diagramas de las obras para definir unas curatorías como las que realizaba Mario Navarro, tomo el riesgo de expandir el gesto hacia la reflexión museal.

¿De qué manera se organiza la formación de una colección contemporánea, en el seno de un museo que apenas asume la anomalía de su coleccionabilidad en su fase de desconstitución oligarca? Esto significa  re/hacer el “historial forense” de la formación de colecciones, no solo para su manejo exhibitivo. Hay algo que está antes de la exposición y es la trama de la historia de su inconsistencia. Es preciso definir que es investigación en un museo. No es lo mismo que la investigación universitaria. Digamos que se trata de un tipo de investigación sometida a la presión de curatorías sobre las cuáles se debe ejercer una vigilancia conceptual consistente. Suele ocurrir que la disposición de las obras no corresponda visualmente a la riqueza de la investigación, como puede tener lugar un tipo de disposición cuya combinatoria vaya más allá de lo que el discurso le autoriza. De todos modos, en toda exposición hay un poco de ambas situaciones; en que la disposición no es del todo satisfactoria y en que el discurso carece de relevancia ante la densidad de las obras.

Pero no he definido lo que es investigación museal. De partida, genealogía de las colecciones. Es a partir de los núcleos de desarrollo identificados que se debe organizar la necesidad de las curatorías. Las curatorías  no pueden convertir las obras en ejercicios de demostración de un esquema preconcebido.  Por lo demás, no todo lo que se investiga debe ser exhibido. Las distinciones entre investigación y curatoría efectiva deben ser resguardadas.  La interdependencia entre ambas debe marcar la especificidad de una nueva manera de concebir as exposiciones en el MNBA. No siempre buenas investigadoras hacen buenas curatorías. Un buena curatoría se verifica en el modo cómo no se abusa de las obras. Insisto en esta fórmula defensiva. No abusar implica una ética de la retención, y cuyos efectos metodológicos puede ponernos al abrigo del museo-espectáculo.

Un resumen brutal de lo anterior sería el siguiente: el museo-diagrama está dominado por la investigación museal; un museo-espectáculo está sometido a las necesidades de las curatorías-de-servicio.  

La solución de transacción va a ser aquel pacto mediante el cual, la investigación museal va a negociar pragmáticamente la colocabilidad de temas calculadamente pregnantes, que satisfagan parcialmente a las curatorías de servicio mediante un control de voracidad.  Lo cual significa montar la mediación como práctica interrogativa sobre los efectos en las comunidades de aquello que se piensa en la fricción investigación/curatoría.  

El museo-espectáculo es aquel que convierte el espacio museal en una torna-mesa. No solo se busca la máquina a vapor adecuada a la composición de los trenes, sino que se define un itinerario que combina tiempos de ocio y tiempos escolares. Es decir, turismo cultural y acarreo de escolares.
Para lo cual, será preciso montar un dispositivo de restauración consecuente y un departamento de didáctica donde el museo pueda realizar la acción que más conmueve a los padres, y que combina guardería transicional y experiencias sensoriales de desarrollo psico-motriz. Pero aquí, la verdadera mediación queda al debe, porque consiste en  un tipo de producción accional y discursiva que rentabiliza  la fricción analítica que se habrá establecido entre investigación museal  y curatoría de infraestructura.  



sábado, 3 de noviembre de 2018

FABRICA DE LA PINTURA




Fábrica de la pintura [1] de Francisca Aninat es un enunciado expositivo que da cuenta de una investigación sobre la pintura como etnografía.  El sitio ha sido ocupado por tres piezas que sostienen condiciones problemáticas de la superficie material: el pliegue, el corte y la densidad. Estas  ponen en crisis cuestiones relativas a formatos que revelan la función visible de bordes, de reveses y de acumulaciones de estratos. Cada una de estas operaciones ha dado lugar a la producción de objetos específicos: varios libros, un mural y un largo volumen tubular.  

Francisca Aninat ha instalado un gabinete de costura y remiendo.  No solo expone buscando el efecto (picto)gráfico de hilachas, hilvanes y pespuntes, sino que dibuja con ellos los retazos de tela inventariados una pequeña cartografía de la subjetividad.  



Residuos terminales. La cercanía con los códigos del vestuario es solo aparente. Los trozos de tela manchada son convertidos en páginas, para luego ser cosidas confeccionando una encuadernación “brutalista”. La edición registra las marcas e indicaciones de una economía de medios que alcanza su mayor eficacia gráfica en la disposición de la superficie para coger diversas materias imprimantes. La eficacia buscaba es de carácter simbólico, ya que al tomar el objeto entre las manos es posible reconocer un libro en el que no hay, propiamente hablando, cuadernillos, sino telas cortadas que reproducen el tamaño de unos documentos como si fueran expedientes judiciales.

Los expedientes están formados por folios agregados al corpus gracias al empleo de una aguja para coser saco en que se usa cáñamo grueso. Esta actividad toma prestada la gestualidad de las personas que sellan grandes envolturas en el comercio de vegetales. Sin embargo, al dejar a la vista el lomo, Francisca Aninat modela una columna vertebral exhibida a “tajo abierto”, convenientemente amarrada, dejando a la vista la cicatriz de la sutura.  El modo que emplea la edición para cerrar proviene de un doméstico “arte de costura”. Una vez dispuestos los libros es necesario recuperar el vínculo entre pintura (expansión) y moldaje (compresión). De este modo, el volumen tubular que atraviesa el espacio afirma la disposición de la caída y de la flexión, dependiendo su factura de la asociación entre costura y manejo de colas y resinas como instrumentos de resistencia y conservación. Los libros están exhibidos sobre un dispositivo de producción de escritura. El volumen tubular está dispuesto como una escritura en el espacio, trasladando de sitio las condiciones de inscripción de la pintura mural.

En el muro, lo que Francisca Aninat expone es un cuerpo pictórico cuya materialidad ha sido  violentada y  ha recibido los auxilios de primera, en una guerra antigua donde los cuerpos recibían los efectos de la acción de armas punzo-cortantes.  Los problemas que plantea ponen en crisis la consistencia de la representación y del soporte.  El corte efectuado a la tela y su conversión en lonjas largas destruye la condición para acoger la imagen de la continuidad, dejando en claro que no hay cobertura ni protección posibles[2]. Solo ser exhibida sobre el muro como se clava la piel extendida de un animal de presa. Pero aquí, lo que se ofrece a la vista es la recompostura de la imagen de continuidad, poniendo en ejecución un procedimiento de juntura que pone en evidencia la función de borde.

La pintura está formada por líneas generadas por los efectos de corte. En verdad, no es una pintura, sino un mapa. Estos cortes están destinados a mostrar que hay un soporte y que ese soporte es el lugar real que la pintura oculta. Esto es lo que importa. Los libros, en cambio, están pensados para señalar que hay un reverso de la imagen. ¿La imagen, tiene reverso? Siempre es facial:  telas/páginas. Telas que abandonan el cuadro para hacerse libros. Páginas que se recuperan como soportes de representación. El reverso es también una página de escritura. Estamos ante folios que están escritos anverso-reverso. Al parecer, cuando lo reconocemos como pintura, siempre es anverso. Así se lo ha propuesto para no ocultar nada. Lo cual ha sido planteado como un enorme problema.  ¿De qué manera exhibir estos libros como piezas de arte en el contexto de una museografía contemporánea que expulsa el tacto de sus variables. Estos libros están confeccionados para ser tocados. El ojo está en la punta del dedo. Hay detalles de la imagen que no se perciben si no se pasa el dedo por encima. La escritura está disimulada en sus condiciones de cosido, porque la costura, en su relieve hilado, marca el destino de la letra en su condición inicial.

Existe en Occidente la necesidad de acceder al detrás de la pintura, más que al delante de la página. Obligatoriedad para destinar un lugar sagrado donde colocar estos libros y exhibir la palabra que se condensa en figura.

Los libros son un regreso a la preeminencia de la escritura como escurrimiento. Es la única manera de disolver los signos mediante la expansión de una mancha. En cambio, en el mural, el signo toma su revancha segmentando la expansión de a superficie, haciendo evidente el corte. Para eso, Francisca Aninat redobla la función gráfica del borde y del hilván, para afirmar las huellas de mutilación de la superficie. Solo de este modo es posible reivindicar la fabricación del objeto tubular que-se-hace-signo-, teniendo como propósito dibujar en el espacio, entre el escritorio (libro) y el muro (pintura), donde se exponen las dos condiciones –trazo y mancha- sobre las que tiene lugar la fábrica de la pintura.






[1] Texto escrito para la presentación de la obra de Francisca Aninat en Galería Bendana Pinel, durante la versión 2018 de la feria de arte Artissima, en Turín.
[2] Jean Lancri, en una conferencia dictada en Santiago de Chile, en la universidad donde estudió Francisca Aninat, reprodujo una fórmula en la que, citando a René Passeron, conviene de manera exacta a los propósitos de esta presentación, jugando sobre las homofonías parciales de las palabras: “La peinture pense; oui, mais comme pansement” (La pintura piensa; si, pero como apósito).