sábado, 23 de julio de 2016
CITA ENVENENADA Y CITA A CIEGAS.
El día después del Coloquio sobre política nacional de las
artes de la visualidad ha sido extraordinario. Nada más que llegar a la D21 a
visitar una vez más la exposición de las obras de Leppe que me encintro con una
delegación de artistas e investigadores extranjeros que asisten al X Encuentro
Hemisférico. Entonces, claro, ¿quién era Leppe? Y me encontré dando un informe
sobre las cuatro piezas en exhibición.
Quizás lo más importante sobrevino frente a la obra “Cita a ciegas”, ya que
permitió hablar de los deslizamientos de lenguaje experimentados en los títulos de sus obras.
En este caso, la cita no solo remitía a la realización de un encuentro, sino
que pasaba a ser una referencia erudita; una cita textual. Sobre todo, si la acción de Leppe tenía lugar
delante de una reproducción fotográfica en la que se divisaba la figura de
Joseph Beuys.
¿Con quien era la cita? ¿Con Bueys? Lo dudo. Ya era evidente el
recurso que redoblaba la presencia de un referente, como en el caso de la
Acción de la Estrella, en 1979. Las citas eran referencias eruditas,
calculadamente sobre/determinadas.
El caso es que en 1981 Leppe decidió enfrentar el discurso
místico del CADA, de base beuysiana.
Tanto es así que esta obra fue incluida en el montaje y producción de la
acción corporal que Leppe tituló “Cuerpo correccional”, en el cierre del Primer
festival chileno-francés de videoarte, en diciembre de ese año. De paso, les
recuerdo que tanto Leppe como Dittborn recusaban ese tipo de misticismo que
abundaba en el “habla-CADA”. Beuys había
dicho que se había sobredimensionado el rol de Duchamp. Leppe le responde al
CADA a través de esa “cita a ciegas”, por la que declara el rol del simulacro y
la simulación en sus trabajos, en oposición a la histerización ostentatoria de
las llagas en los brazos quemados de Eltit. Esta última leyó, insuficientemente, a Sarduy.
En todo caso, la noción de cita guarda un carácter dramático
en la acepción militante de “cita envenenada”, que corresponde a la cita
preparada por los Servicios Represivos para
hacer caer a un compañero, con la ayuda necesaria de otro compañero que ha dado
la información bajo apremio ilegítimo.
Dos cosas: una, que se avanza a ciegas hacia la perdición;
dos, que lo que la habilita es una “falta de contensión” que proporciona la
información condenatoria. Beuys está impreso detrás del cuerpo de Leppe, pero
como retaguardia de un arte militante que le
hace a éste una “cita
envenenada”, justamente, porque se
sustrae del vitalismo ejemplarizante del mártir como artista. El materialismo de Leppe lo hacía levantarse
contra el accionalismo primitivista-cristiano
del CADA, que pavimentaba su goce en la
exhibición de las marcas en el cuerpo “social”. La autoreferencia llegaría a tal que el propio
CADA debía ser entendido como la visibilidad institucional de dicha marca.
Recordé cómo Leppe “ponía el cuerpo” en “Prueba de artista” (1981). El día jueves pasado hablé, en el Coloquio, de poner por delante el
cuerpo de obra. Era otro contexto discursivo; sin embargo, espero sacar un rendimiento de esta
asociación.
Frente a una pregunta sobre “¿qué hacer?” respecto de la formulación de una politica nacional, mi respuesta fue “hacer
obra”, porque en esta práctica se recupera el diagrama de la obra misma, cuya
densidad debe determinar las condiciones institucionales de su reproducción
como obra y como discurso de posteridad
de obra.
La tarea es dibujar el diagrama de sus tensiones y
determinar la administración que debe proporcionar servicios a la iniciativa de
producción de obra. La trazabilidad del arte reside en esta facultuda
convertida en condición organizativa de sus recursos.
Esto fue lo que sostuve al montar la ficción de la Trienal
de Chile, pero esta fue saboteada por Ricardo Brodsky que la subordinó a un modelo
presupuestario que hizo de ésta una vulgar exhibición. Lo que está puesto en evidencia, a casi una
década de dicha iniciativa, es la condición misma de la noción de exhibición.
Hay obras eminentes
que sobrepasaron esta determinación y se convirtieron en dispositivos
in/exhibibles, porque superaron el
imperativo de la “espectación” y dieron pie a la aparición de procesos que
definen por si mismos las condiciones de visibilidad institucional. Siendo, el
aparato editorial, uno de ellos. Y no el menor.
Este fue un principio que los propios Mario Navarro y Camilo
Yáñez defendieron como propios en su participación en la Bienal de Mercosur. Celebré lealmente su compromiso innovador. La hipótesis fue que el trabajo curatorial practicado
por un artista estaba determinado por el diagrama de su obra.
Sin embargo, he podido apreciar que en el caso actual de Camilo
Yáñez, este abandonó el trabajo del diagrama para asumir el trabajo de manipulación del operador político, que en muy poco tiempo ya le han causado un daño irreparable a su propia obra, porque ha perdido toda la credibilidad ética y
estética que ésta le había permitido construir. Es difícil mantener la fidelidad de su contingente con promesas de trabajo que no podrá satisfacer.
El operador trabaja en la frontera de un inverosímil que
convierte todas sus operaciones en una realidad
efectual que solo se levanta en provecho de si mismo. De este modo, resulta simplemente inpresentable
que su aporte a la formulación de una política nacional consista en la
realización de una exposición personal realizada con el dinero de todos los
chilenos.
¿No era este el argumento que en el 2000 los “padres
totémicos” usaron en mi contra porque no les permití “intervenir” en provecho propio el concepto curatorial de “Historias de transferencia y densidad”? ¡Que memoria más corta tienen! Ahora se les revierte
la situación y guardan silencio, porque ya lograron disponer de un buen
espacio. Y seguramente, les pagan muy bien el montaje.
En relación a lo anterior puedo sostener, entonces, que esta
exposición inaugural del Centro de Arte
del que no se dijo absolutamente nada en el Coloquio, es la cita envenenada del arte chileno
contemporáneo.
viernes, 22 de julio de 2016
ARTE Y LATENCIA (agregado a la lectura de la ponencia del día jueves 21 de julio)
El arte se ocuparía, entonces, de las latencias. Esta es la
frase con que pongo en relación las dos ponencias al Coloquio “Artes de la
visualidad y Política de Estado”. ¿Cómo es posible sostener que el arte es
anticultura, si al mismo tiempo postulo
que el arte es una práctica cuyos efectos estéticos más
significativos tienen lugar fuera de su campo? Es decir, en el campo de
la cultura. Lo que permite la relación de las dos ponencias es la hipótesis de
la latencia, porque remite a un “fondo acumulado” de experiencias locales
donde se ancla un imaginario que el arte
formaliza y que produce su acceso a la consciencia, como crítica.
La primera ponencia plantea un problema de distribución
institucional de poderes; mientras la segunda se refiere a un método de trabajo
en que la producción de arte se convierte en un recurso sub-versivo, en la
medida que al validar su propio diagrama se evade de la obligatoriedad
ilustrativa a que la somete la cultura funcionaria. Sin embargo, lo anterior es posible solo a condición
de conectarse con indicios de imaginario local que autorizan la existencia de
elementos extra-limitantes que aceleran
la puesta del arte en una “más allá” que abre perspectivas ilimitadas a la
creación.
La ilimitación es
registrada en su proceso por la determinación de macro-zonas simbólicas que, en proveniencia del limite interior del
campo cultural, sin embargo lo sobrepasan en intensidad, inscribiéndose como
prácticas rituales altamente formalizadas, como pueden ser la práctica
culinaria (cocina pobre), la práctica religiosa (bailes de chinos), la práctica funeraria (chullpas) o la práctica literaria (la décima
espinela). La posición anticultural del
arte se valoriza y se verifica en la construcción de un lugar
distante, conceptualmente negociado con los agentes de la formación
cultural, dando pie al respeto jurídico de las prácticas de gestión cultural en
general respecto de las prácticas de gestión de arte contemporáneo.
Las macro-zonas ponen en relación a las prácticas de arte
con las prácticas rituales, en el frente de contacto directo con la cultura entendida
como cuenca de acumulación y retención simbólica; pero en cuyo seno produce el
saber necesario para sostener la
distancia requerida que superar su propio
límite y promueve su embestida
sub-versiva, que consiste en formular preguntas destinadas a poner en cuestión
su estabilidad. Ahora bien: dicha puesta en duda es una condición de
regeneración interna de las propias condiciones de reproducción de si misma,
que de todos modos busca maltratar a las
prácticas artísticas subordinándolas
a proporcionar elementos de
consolación en el manejo de poblaciones
vulnerables.
Las macro-zonas no son entidades administrativas, sino
herramientas de pesquisa de los grados de insurreccionalidad contemplados en
los indicios de imaginarios locales que en su formalidad se abren hacia lo
ilimitado, porque de todos modos lo ilimitado tiene necesidad de límites para
ser una producción subversiva contra la cultura. El ejemplo más grave en este caso sería la
turistización patrimonial como complejo banalizador de lo memorial. Hay otros ejemplos más ilustrativos que
tienen que ver con la subordinación de la visualidad a los imperativos de las
artes de la representación en los centros culturales, que dominan el negocio de la catarsis
regulada y convierten la exhibitividad
en una tarea “escolar”, indigna, des/profesionalizante.
Pero lo más grave es que el modelo de gestión de la cultura
en general determina el modelo administrativo de las entidades, porque el Síndrome Squella consiste en satisfacer
la maquinalidad de los decretos internos del servicio, al punto que
perfectamente podría no existir un ministro-presidente, porque el aparato
funciona solo, gracias a la auto-regulación funcionaria. Más aún, cuando en
términos del desarrollo de las industrias, existe un fondo de la música, un
fondo audiovisual y un fondo del libro, que autonomizan de manera certera la
inversión en cada área, dejando a la visualidad sometida a la lógica
reparatoria del pequeño subsidio, a los fondos compensatorios de la miseria del
mercado y al maltrato ilustracional del triángulo
objetivo/fundamento/descripción.
Entonces, lo que propongo es el montaje de un dispositivo de
articulación de prácticas sub-versivas de arte contemporáneo, no sometidas a la
convención de la cultura, sino abiertas a la experiencia de la ruptura del
lenguaje establecido; es decir, como crítica
errante del lenguaje, poniendo en juego la inscripción que escapa de
toda apariencia y ejerce todo su saber
en la producción del limite ilimitado de las formas.
martes, 19 de julio de 2016
RETROSPECTIVA DE LEPPE
En la proyección de “Los zapatos de Leppe” el domingo 17,
una señora preguntó a la mesa redonda que se formó luego por la banda sonora
que se escucha en un murmullo. A su juicio, no se entendía muy bien lo que una
mujer decía. Entonces, dijo que ella había asistido a la performance en el 2000
y que le había quedado esa duda. En una
conversación totalmente jovial, le di una respuesta totalmente burocrática,
porque la remití a que fuera a D21 a escuchar el discurso que para ella era un
murmullo. Era como haberle dicho, “vaya a la otra ventanilla”.
En verdad, ella no tenía por qué saber que el relato que se
escuchaba mal en el video era provenía de la banda sonora que corría en la sala
mientras duraba la acción de Leppe, que reproducía a su vez el “relato de la
madre” que aparece por vez primera en “Las Cantatrices” (disposición de 4
monitores) y que en 1980 formaba parte
de la instalación “Sala de Espera”. Es
decir, el “relato de la madre” era
recuperado como banda sobre la que se “colgaba” el relato accional de “Los
zapatos de Leppe”, (exactamente) veinte años después.
Hoy día, diecisiete años después de la acción en el MNBA, la
proyección del plano secuencia que realizó Jaime Muñoz adquiere el peso de las
cosas que nos hacen “regresar al origen”.
Leppe mantuvo el relato en la condición de matriz de las acciones, hasta
que en el 2003, en Porto Alegre, des/considera el sonoro y lo sustituye por la
imagen de la foto-carnet de la madre
proyectada sobre un muro, que a su vez se reproducía sobre el suelo semi-inundado
de la sala donde realizó la acción “El sueño de Diego Rivera”. Según Jorge Cerezo, la misma banda sonora
sostuvo la instalación que Leppe realizó en Madrid, en el marco de “ChileVive”
(1987). Aunque tengo, mis dudas. Simplemente porque estoy en el proceso de
determinar exhaustivamente los límites de las acciones de Leppe, en la
perspectiva de establecer el catálogo de éstas.
Entonces, proporcioné a la señora que había sido espectadora
de la acción en el 2000, la dirección de D21 para que se dirigiera a escuchar
el relato del que solo había escuchado un murmullo.
Pero no solo los relatos se “repercuten” en el tiempo.
Tenemos la imagen de yeso pintado de la Inmaculada Concepción, que proviene de
“Sala de Espera”, y que en el MNBA corona la cima de la montaña de pelos. Esa imagen había estado en el interior de la
carcaza vacía del televisor Bolocco que fue usado por Leppe, cubierto en su
interior con barro, en “Sala de Espera”,
con el propósito específico de “parodizar” la
intensificación (medio cerrado)
que hacía la cultura popular urbana en el discurso de la televisión
(medio abierto).
Ahora puedo conectar el barro interior de la caja desguazada
con las paredes interiores de una gruta. Estas son las palabras que pronuncia
Leppe desde el momento que desciende de
un taxi Lada y comienza su camino de
rodillas hacia una de las rotondas de la primera planta del museo: “¡laaaaa
gruuuuuuttaaaaaa!”. Como si fuera un
santo-y-seña que no alcana a convertirse en letanía.
El interés de Jaime Muñoz por la importancia de “la gruta”
determina el rol del museo en la institucionalización de la performance como
una práctica que habría nacido para infractar la propia institucionalidad. En las aproximaciones sobre las condiciones
del dentro y el fuera de las instituciones, esta discusión solo admite que la
infracción es una condición de validación de prácticas que reclaman su lugar.
De modo que, desde su propia concepción, estas prácticas se validaban solo como
un momento espectral de una operación que
definía su reconocimiento material en unas temporalidades adecuadas.
De todos modos, la mención a la gruta remite a la
templaridad necesaria de todo proceso de inclusión de lo que en el arte contemporáneo
algunos han dado en llamar “prácticas limítrofes”. Lo que hay que decir es que el lugar escogido
para la acción fue una rotonda en cuyos muros se había colgado un conjunto
gráfico que contenía indicios de la totalidad de la obra de Leppe. Y luego, en el centro de esta sala circular
Leppe instaló el cono de pelos en cuya cima fijó la imagen de yeso de la
Inmaculada Concepción. De modo que era, por así decir, la “oficialidad” de
Leppe, la que acogía su propia “infracción”, trayendo a la rastra los
materiales de sus acciones e instalaciones anteriores. En este sentido, la acción de Leppe era,
efectivamente, retrospectiva.
En términos estrictos, la verdadera retrospectiva de Leppe
tuvo lugar en esa acción, el 19 de octubre del 2000.
PONENCIA: ESCENAS LOCALES, TASAS MÍNIMAS Y MACRO/ZONIFICACIÓN DE INTENSIDADES COLOQUIO “ARTES DE LA VISUALIDAD Y POLÍTICA DE ESTADO”- (para ser leída el Jueves 21 de julio 2016)
Solo tengo veinte minutos. Hablaré de cómo funciona la
noción de Escena Local[1]. Luego la distinguiré de otra noción que ha
sido elaborada en el curso de mi trabajo de campo: Tasa Mínima de
Institucionalidad[2]. En seguida, presentaré la noción de
Macro-zona como herramienta de fijación de un eje de trabajo que articula una
práctica de arte con un indicio determinante de imaginario local.
Sin embargo, para que exista una política nacional de artes
de la visualidad es preciso hacer otras distinciones que no son operativas sino
de carácter funcional, entre gestión
cultural y gestión de arte contemporáneo. Esto exige la separación de aguas en la
estructura del Estado entre Cultura y Artes Visuales; hipótesis necesaria que a su vez se desprende del título de la ponencia sobre
el arte como conciencia crítica de la cultura.
El fortalecimiento de las escenas
locales debe ser el objetivo primordial de la política nacional. No en todas las regiones existen escenas
locales. Estas se reconocen a partir de la articulación estructural de a lo
menos tres elementos: universidad (saber local), política
(historia local) y crítica (construcción de públicos).
En la mayoría de las regiones solo
existen tasas mínimas de institucionalización en lo que respecta a artes de la
visualidad. Estas tasas implican la existencia de uno o dos de estos elementos
ya mencionados, que en su pragmática no
alcanzan a elaborar condiciones de montaje de una escena en forma.
En lugares donde hay tasas mínimas
existe una fuerte presencia de prácticas tardo-modernas, dejando a las
prácticas contemporáneas reducidas a un comportamiento de enclave. En los
lugares en que hay escenas constituidas, las prácticas tardo-modernas no son
menos importantes, sin embargo frente a la fuerza institucional adquirida por
las prácticas contemporáneas, se reproducen como zonas subordinadas,
relativamente excluidas del goce de los
bienes alcanzados por las prácticas contemporáneas.
El desarrollo de las escenas locales
debe ser el núcleo de una política nacional y la internacionalización es tan solo un aspecto
subordinado de ésta. Es preciso fortalecer
primero las condiciones de reproducción de existencia de las artes de la
visualidad en cada región, atendiendo a las particularidades desiguales de su
gestión y de su implementación orgánica.
Las nociones de Escena Local y de Tasa Mínima permiten identificar problemas y señalar
iniciativas de desarrollo local. No es lo mismo analizar la situación
institucional de una escena local, a describir los obstáculos que existen en
otros lugares para constituirse en escena. Sin embargo, la ausencia de escena
no es una catástrofe, sino una singularización
de la fragilidad institucional en un territorio determinado, donde se
combinan formas diferenciadas de desarrollo y de transferencia informativa.
Hay lugares en que la ausencia de prácticas de arte
contemporáneo está resuelta mediante el desplazamiento de la producción de
efectos estéticos hacia prácticas sociales y prácticas rituales consistentes,
que le plantean al arte contemporáneo
unos desafíos frente a los cuáles éste no puede responder. A título de ejemplo,
pongo el caso de los efectos estéticos de la vida cotidiana de las comunidades
afro-descendientes del valle de Azapa y de los emplazamientos de los chullpas en la zona cercana a Colchane.
Les pongo otro ejemplo:
el concepto de Ciudad-Valle-Central, inventado en Talca por
la Escuela de Arquitectura, obliga a entender cómo una zona específica del
territorio que va desde Rancagua a Chillán modifica las relaciones del
conocimiento y del paisaje, desde prácticas que superan las disciplinas del
área de artes de la visualidad y las problematizan como una plataforma de
intervención sin precedentes.
En San Felipe, última frontera del Norte Chico con la
Metropolitana, las formas complejas de
religiosidad popular como los “bailes de
chinos” desmantelan toda
cercanía performativa. Al menos, la
problematizan. Lo menciono para dar a entender que la naturaleza de los cortes
territoriales obliga a recuperar micro-zonas de gran singularidad, como el
interior de la Quinta y los bordes de Placilla, que remiten a pasados históricos
extremadamente diferenciados, que
demuestran de manera análoga que no en
todas partes el desarrollo del arte contemporáneo resulta unitario y homogéneo.
Existen zonas tardo-modernas que pueden reproducir sus
condiciones en un largo plazo sin exhibir “traumas” significativos. En cambio hay zonas aceleradas, hasta diríamos alteradas, pero carentes de
capacidad de escenificar una producción, en las que se mantienen a duras penas,
de manera muy forzada, prácticas contemporáneas academizadas y acopladas al
“gusto” de las élites regionales.
Hay macrozona porque
hay archivo local. Por ejemplo, si hay algo que hacer en el Bío-Bío es la
promoción de investigación sobre la trayectoria de Eduardo Meissner, porque es
fundamental reconsiderar el rol de los “héroes locales”. ¿No debiera haber una política local de
archivos? ¿Y una política de
conservación preventiva? ¿Qué pasa con el Mural de la Farmacia Maluje? Meissner, Escámez, esos son casos de “heroísmo” plástico local. ¿Desde donde se
puede formular una política de recuperación de archivos plásticos locales junto
a una política de promoción de las experiencias de arte y comunidades, que tome
como un elemento decisivo el rol de los “ojos de agua” en la designación del
territorio? Incluso, la sola noción
“ojos de agua” permitiría constituir una nueva macro-zona entre el rio Bio-Bio
y el Imperial.
Todo esto no es más que la enumeración de unos indicios de escena local, frente a la
cual, las políticas nacionales no tienen ninguna palabra, ni para reivindicar
lo que existe, ni para proyectar un futuro.
Tengo otro ejemplo:
la nueva Región de Ñuble posee la posibilidad efectiva de montar
residencias internacionales de arte en el territorio contemplado por la Reserva
de la Biosfera del Nevado de Chillán. El
punto es sostener iniciativas que pongan en directa relación las producciones
más puntudas de arte contemporáneo relacional con zonas de tasa mínima de
institucionalización en arte contemporáneo. Es tan solo un ejemplo de las
potencialidades que tienen las escenas locales en la redefinición del rol del
arte contemporáneo en la formación artística chilena.
Las macro-zonas son retículas de sentido que se amarran a
partir de unos hilos significativos que
quedan disponibles para poder amarrarse
con otras. La lengua, la tripa, la capa
de ropa, la sobrecubierta de memoria material recuperada para operar,
efectivamente, son generadores de trazabilidad simbólica, que dibujan en el territorio
un mapa de intensidades que supera las emanaciones del imaginario restrictivo
del arte contemporáneo. La invención de
la macro-zona operar como el proceso de condensación en el
“trabajo del sueño”. Por esta razón, una
macro-zona debe ser leída como un acertijo
y no como una entidad administrativa que fija las normas de gestión para
justificar su propia reproductibilidad institucional.
La macro-zona es una noción que involucra un método que
registra la sismo-grafía de los imaginarios locales y organiza las
jerarquizaciones zonales, durante una unidad de tiempo determinada, poniendo en
función las energías de agentes que pueden ser artistas, pero que en su mayoría
no lo son, y que sin embargo, padecen los efectos de sus desplazamientos de
lengua, como en el caso del nombre Chanavaya,
al sur de Iquique, que remite a la memoria dura de la “bahía de los
chinos”, descrita en inglés para pasar a nutrir los registros de la exclusión
máxima[3].
Debemos concebir
fórmulas administrativas que permitan
proporcionar servicio efectivo a los
ejes de trabajo determinados durante una unidad de tiempo ya determinada. La tarea es buscar las formas de definir estos ejes y
validar en el seno de las comunidades los procedimientos
de lectura que se requiere, para su
conversión consecuente en manejo de intensidades.
La macro-zona debe ser un procedimiento de lectura y de
conversión en acción de un conjunto de
enunciados definidos en el curso de una negociación de “etnologización problemática”
con una comunidad local determinada.
[1] MELLADO, Justo Pastor. “Escenas Locales: ficción, historia y
política en la gestión de arte contemporáneo”,
Glosario, Editorial Curatoría Forense,
Colección Textos Críticos, Córdoba, Argentina, 2015.
[2] MELLADO, Justo Pastor, http://escenaslocales.blogspot.cl/
[3]
LADDAGA, Reinaldo. “Estética de la emergencia”, Adriana Hidalgo Editora, Buenos
Aires, Argentina, 2010.
lunes, 18 de julio de 2016
ACCIONES CORPORALES FRÍAS Y ACCIONES CORPORALES CALIENTES.
El domingo 17 fue proyectado en la sala Blanco del MNBA el
video de Jaime Muñoz, “Los zapatos de Leppe”, realizado a partir del registro
de la performance que éste realizó el 19 de octubre del 2000, para la
inauguración “Historias de transferencia y densidad” (Chile Artes Visuales 100
años).
Diecisiete años después la obra de Leppe no pierde vigencia.
Diría que se amplifica su efecto diagramático, sobre todo ahora, en la semana de realización del coloquio
ceremonial sobre las posibilidades
reales de formular una política de Estado para las artes visuales. Justamente, este coloquio debe ser inaugurado
por el Ministro Ottone, que censuró la obra de Felipe Rivas, que estaba
considerada para ser exhibida junto a otras obras, entre las cuáles se
encuentra esta obra de/sobre Leppe que he mencionado. La decisión fue tomada por una curadora
–Montserrat Rojas- a la que el ministro trató en público de des/criteriada.
En el largo plano secuencia de Jaime Muñoz pude apreciar la
escena en que Leppe prepara una argamasa de
excremento, agua y yeso que coloca sobre un fragmento de vasija de barro
-precolombina- que dispone como casco
protector sobre la cabeza, cubriendo el
pelo afectado por la tiña, y sobre la cual, a su vez, dispondrá un pene de
cerámica –también precolombina-.
En términos
estrictos, Leppe realiza el acto de “la coronación del pico”. No fue censurado en el CENTEX por la simple
razón que el pene era de barro cocido. Mientras que la acción de Felipe Rivas
involucraba la humedad de una eyaculación presentada como efecto terminal de la
“eroticidad” de la imagen política, en que la reproducción de una fotografía de
Allende “simbolizaba” la erección patriarcal de la palabra programática.
El problema del ministro tiene que ver con la humedad. Leppe se salvó gracias a las “artes del
fuego”. Porque en la escena siguiente,
aparece Leppe habiendo borrado con agua la inscripción que había sostenido
durante toda la performance y en la que se leía la frase “Yo soy mi
padre”.
Leppe ingresa al museo pronunciando dos palabras: “la
gruta”. Lo hace de manera reiterada, clavando el
sentido de una búsqueda matricial, que
al final se resuelve como representación de su propia escena de origen, ya que
avanza de rodillas en dirección de la rotonda que está cubierta en sus paredes
por imágenes que resumen el conjunto de
su obra. De algún modo, establece una
distinción entre el arte pagano y la
cultura católica de la corporalidad.
La gruta es un sustituto desviado (invertido) de la caverna platónica, puesto
en tensión por la figura erguida del pene de cerámica, que se enfrenta a la
imagen de yeso pintado de la Inmaculada Concepción que corona la cumbre de la
montaña de pelos. La imagen de la virgen es el producto de una
gran “pubicación”. La montaña se parece
a una gran “eyaculación” capilar. ¿Y
cómo el ministro no censuró esta obra por temor a una protesta de la
Iglesia? De hecho, la asociación del
pene pagano de cerámica con la disposición
católica de una figura de yeso policromado señala de lleno el problema de la “concepción” como cadena de valor inicial en la
fundamentación de una política de Estado (Risas).
Ciertamente, la cuestión crucial es la filiación del arte chileno. Es decir, antes que nada, la cuestión de la
filiación, como problema de Estado.
El martes 19 se podrá visitar en Galería D21 una muestra muy
singular, que reúne cuatro piezas de
Leppe. Tanto la exhibición del video de Jaime Muñoz en el MNBA como esta muestra
montada en D21 han sido “homenajes” realizados en el marco del X Encuentro
Hemisférico de Performance.
De este modo, en D21 se proyecta el registro de histórica
“Acción de la estrella” (1979) y se ha colgado una serie de fotografías
que consignan momentos significativos de
esta misma acción. Así mismo, se
exhiben cuatro fotografías de la obra “El perchero”. Sin embargo, no se trata de la famosa
fotografía del objeto en que aparece
colgada/plegada la imagen de Leppe fotografiada, sino los antecedentes
laterales de este trabajo. En el sentido que “El perchero” no es la fotografía
de un solo objeto, sino el registro de
una situación ambiental compleja.
En este caso, lo que debe ser tomado en cuenta es que no se
trata de cuatro simples fotografías ampliadas, sino que cada lámina corresponde al
“original” de cuatro páginas del libro “Cuerpo Correccional”, publicado por N.
Richard en noviembre de 1980. Lo que
reproduzco en la ilustración de esta
columna es la zona superior izquierda en la que se indica
el número de “original” en el área libre
formada por las líneas de corte. Esta es
la real importancia de los documentos exhibidos. No son fotografías, sino los “originales” de
un libro clave en la inscripción de la performatividad de Leppe.
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