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sábado, 20 de octubre de 2018

LA NOCIÓN DE CASA (5)



Siguiendo la línea de las columnas anteriores, deseo colocar la siguiente hipótesis: la misión del MNBA se ha diluido en razón de la modificación de las expectativas simbólicas de los grupos decisores de la política nacional. Es decir, ni siquiera la clase política sabe qué esperar de la función de este museo. Al comienzo de la Transición, al menos fue un espacio ceremonial de cierta consideración. A estas alturas, su ejecución presupuestaria no satisface la más mínima de las exigencias simbólicas que se podría esperar.

Si hablo de ejecución presupuestaria no me refiero al sentido de éstas palabras en el léxico de los vigilantes-de-cumplimiento-de-metas, sino que apelo a su amplificación como una acción institucional, que apenas cumple con los objetivos declarados en los perfiles de cargo, cuya base conceptual de sustentación ha sido desmantelada, tanto por la historia del arte como por el adelgazamiento del discurso culturalista, desde Squella a Güell. Señalo estos nombres, apenas como señales significantes que delimitan zonas de producción argumental que tienen efectos específicos en la organización de un nuevo sector presupuestario en el aparato de(l) Estado: Cultura.

Cualquier iniciativa razonable para la recomposición del MNBA debe contemplar, tanto  la redefinición de su concepto como la edificación de un andamiaje que lo convierta en condensador de economía psíquica.   Pero sobre todo se requiere de audacia para separar Arte y Cultura, en cuanto a la naturaleza de sus funciones estatales. Si cultura es una zona de intervención en territorios vulnerables, Arte llega a ser apenas una herramienta de acomodo de un malestar que se hace síntoma de unas incompletudes mayores.

El MNBA es al arte, lo que la agit-prop es a cultura.  Pero agit-prop clasemediana consumida en su rencor. El primero edifica un relato oligarca; mientras lo segundo articula condiciones de relatos diversos, que en un momento determinado se superponen: relato radical, relato social-cristiano, relato comunista. Digo, entre los años treinta y setenta. Lo que en un momento fueron secuencialmente progresivos, terminaron siendo estratificados, aunque regulados por una permeabilidad dispar.

Finalmente, el relato social-cristiano terminó de permear a los otros dos, porque recurrió a un fundamento conservador del que se ha hecho cargo Pedro Morandé, en lo que respecta a la configuración de una teología parroquial de Chile. El MNBA vendría a ser como una especie de “vaticano fallido” en esta empresa de garantización simbólica, cuando la oligarquía ya no está en condiciones de cumplir la misión que su tiempo le exigía, “marxistamente” hablando.  Lo curioso es que el museo se inaugura en el momento en que se hace evidente la caída de dicho compromiso.

Todo lo anterior tiene un momento de (re)flexión, cuando el social-cristianismo vekemansiano le entrega al MNBA la misión de garantizar el arrivage de las producciones de la baja cultura. Para eso Frei Montalva pone a Nemesio Antúnez en el museo. Es decir, para introducir la “cultura” en el lugar reservado al “arte”. Es ahí cuando el museo pierde su compostura, porque es convertido en un “centro cultural”. ¡Y eso está muy bien! ¡Es un fenómeno de época! Así como el social-cristianismo hace firmar la ley de reforma agraria y protege a los movimientos estudiantiles que colaboran en la factura de la reforma del saber social, la ocupación del MNBA sella el tercer momento de una voluntad revolucionaria. Primero, modifica las percepciones sobre los modos de tenencia y propiedad de la tierra; luego introduce un factor de aceleración en los modos de producción del conocimiento social; para finalmente, cimentar simbólicamente las dos iniciativas anteriores mediante la modificación de destino del monumento que la oligarquía de 1910 se había levantado a sí misma.

El arribo de Antúnez marca el triunfo de un plebeyismo social-cristiano garantizado por sectores de una neo-oligarquía que comete el error de no poder impedir que el plebeyismo socialo-comunista acceda al gobierno. Por eso, cuando en 1990 ese mismo sector debe sancionar la continuidad forzada de su cometido inconcluso, debe desplazar a los comunistas e impedir que tengan un rol efectivo en la cultura y en el arte. Pero no supo qué hacer con el MNBA, fuera de convertirlo en un monumento a la disolución de su propia misión. 

El gran valor de la dirección de Milan Ivelic es que se propone recuperar la misión; pero ya es tarde. La historia se impone sobre la memoria. El museo comienza a revisar su propia historia. No se trata ya de promover las re-visitaciones de la historia del arte, sino de la propia institución, en la pequeña miseria de sus colecciones,  de acuerdo a unas pautas muy vagas y elementales de “ejercicios”.

La palabra no pudo ser más decisiva: el ejercicio pudo más que la propuesta estratégica. Mientras, Milan Ivelic mantuvo al museo en un “más allá” del organigrama de la DIBAM,  Roberto Farriol fue puesto para (re)conducirlo a su “más acá”. Todo esto, no obedeciendo a “política de estado” alguna, sino a los efectos de las intrigas internas administradas por los operadores de turno que ocuparon las direcciones que sabemos. De este modo, en el encuadre actual de la organización del Estado, el MNBA no satisface ninguna solicitud: ni cumple con la misión que le atribuyeron sus fundadores, ni satisface las demandas simbólicas de los “nuevos públicos”; eso que algunos denominan en sus textos, Lo Común.


lunes, 22 de febrero de 2016

FARRIOL/CABEZAS: UNIDOS EN LA GLORIA Y EN LA MUERTE.


¡Ah! ¡Que maravilloso es practicar la mercuriología  En el mes de febrero, a falta de noticias en forma, la musealidad aparece como problema en El Mercurio.  Ni siquiera es un problema. Apenas se reproduce como síntoma de un desmantelamiento discursivo e institucional.  Caracterizado por una escritura pulcra y de sugerencias elusivas, en lo que concierne a cultura El Mercurio ha  terminado por exhibir un extraño enervamiento.  Lo cual hace que su lectura deba ser más cuidadosa que lo habitual.  Finalmente, vivimos para leer el diario.  Suponemos  que en sus páginas  están cifrados los signos de la vida pública.

La regla de lectura, aprendida en los relatos que hace Regis Debray en una novela de título olvidable,  remite a  las oficinas de análisis de prensa practicados por  los destacamentos revolucionarios,  que recortaban  centímetros cuadrados de  trincheras impresas y bloques enteros de portada, para señalar movimientos de fuerzas que solo operan en la ilusión del dominio partidario como género literario. 



Así las cosas, en el mapa del diario de ayer, la crónica sobre la gratuidad en los museos apuntaba al efecto de su fracaso como política, fácilmente vinculable con el deseo de que todo concepto de gratuidad fuere concebido como la política de otro fracaso anunciado y no menos diferido, en Educación.  Sin embargo, esta operación estaba coordinada con otras dos intervenciones, a nivel de página editorial. La primera, una carta firmada por un abogado; la segunda, un ensayo editorial de Nicolás Bär, sobre la realidad económica de los centros culturales.

Fíjense ustedes  que en la página D12 el título es en extremo sencillo y apunta a determinar (una vez más) la precariedad de los museos chilenos.  Lo cual, no es ningún descubrimiento.  En la página A2, Nicolás Bär entrega  consideraciones generales de buena familia que ponen en relevancia la filantropía y el rol de la empresa privada como condición de conjura  del fantasma de la precariedad.  Es decir, desde A2 regresamos a D14 con la lección ya aprendida y no queda otra alternativa que someterse a la privatización total de la musealidad, para así poder garantizar la disolución de su endémica condición –dicho sea de paso-, en manos de la izquierda, que es lo que más parece dominar, como botín y como ejercicio de reparación.  

Sin embargo,   el gran “hallazgo” de Nicolás Bär  es el haber logrado instalar la diferencia entre museos y centros culturales; es decir, por debajo de la línea, entre patrimonio y propaganda.

Justamente, es en este punto que El Mercurio “le presta ropa” al director de la DIBAM,  cuando reproduce aquellas  palabras en que admite  que los recursos son insuficientes y que hay una brecha entre dineros asignados a creación y a patrimonio, como si avalara el subtítulo que lo precede, según el cual “Consejo de la Cultura se lleva la mayor parte de los recursos”.   

Lo que no  se especifica  es el tipo de recursos involucrados, aparte del dinero; me refiero, al capital  laboral,  de partida.  Contexto léxico en el que  Cabezas diría algo así como “nosotros tenemos recursos, pero no disponemos de Recursos”.  O viceversa.  Porque dentro de todo, lo que  autoriza esta página de ayer domingo en el Cuerpo D, es la preparación de Cabezas como víctima de Ottone, de modo que se entienda por anticipado que no pudo hacer más porque no solo no le dieron los recursos, sino porque fue objeto de una compleja y extenuante  caza de brujas, al interior de su propio conglomerado.  Todo se decide en los próximos días: ¿Será Cabezas  el Riquelme de Cultura?  La Ministra Delpiano lo dejó caer hace semanas, ya.

Antes de seguir con esta suposición estival, debo  hacer referencia a un fenómeno visual de proporciones, ya que  en el mapa del deseo impreso, las fotografías juegan un rol capital como anclaje.   No hay cosa más fascinante que reproducir el acceso al museo desde un punto de vista que incorpore la masa escultórica de Rebeca Matte.  Este emblema de la oligarquía  reclama simbólicamente la recuperación territorial del Petit-Palais remedado y construido como un monumento a la vanidad  de las familias fundadoras de la república.  El enervamiento de El Mercurio tendría que ver con la ausencia de posesión de semejante lugar, que no estaría en manos de quien debiera corresponder.  Al menos la fotografía satisface esta especie de solicitud arcaica de compensación de la ausencia.  Esto es lo que se llama inconsciente-del-diario.

Ahora bien: si de ausencia se tratara,    habría que reclamar a quien  realiza  el primer  des/bancamiento de los restos imaginarios  de una  oligarquía quebrada; es decir, a la dictadura de Ibáñez.  Resulta curioso que  el  Unidos en la Gloria y en la Muerte  de Rebeca Matte sea de la misma fecha. Es así como se entablaba un “debate ideológico”,  fundamentado en las obras.

El problema es que hoy, el arte chileno no produce  obra alguna  desde la cual se pueda sostener un debate político e historiográfico de consistencia.