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lunes, 20 de mayo de 2019

CANCIONES



Los Cahiers de Paul Valery son un objeto muy raro. En algún momento se podría pensar que constituyen un objeto de pensamiento en sí mismo. Pero en otros aparece simplemente como el soporte de un tipo de escritura que no tendría formato preciso, entre fragmentos de intuiciones, comienzos fulgurantes de ensayos, tentativas iniciales inacabadas de artículos y conferencias, a medio camino entre el alba y la luminosidad terminal de la noche, que sería donde emergen los pensamientos que estarían más cerca de la fuente subterránea. En una segunda instancia, estos pueden adquirir la forma de un discurso elaborado que será a su vez objeto de acoso, autónomo, fuera de sí. Los Cahiers serían, de este modo, ese lugar indeterminado cuasi clandestino que  tendrá que hacer no pocos esfuerzos para ser reconocido como laboratorio destinado a formalizar la reserva de pensamiento.

No se expone la reserva, sino a título excepcional. Habrá que haberlo entendido como programa regido por la pulcritud de un trabajo que posee una retaguardia activo-defensiva.

Todo lo anterior es relativo a la lectura de la página 54 del Dormeur eveillé, que se puede traducir como su contrario, la vigilia del vigilante dormido. Pero dejémoslo así, como el durmiente (recién) despertado o como el que duerme con un ojo abierto, que dicho sea de paso es el objeto del discurso de J.-B Pontalis en un pequeño capítulo titulado “la traza escrita”, que para efectos de lo que me propongo terminará siendo declinada como “la traza cantada”, a propósito del recuerdo que hago de las condiciones que enmarcaron mi educación sentimental y política, en 1967 y 1968, en la proximidad enunciativa de las canciones de Ángel Parra.
Al tener que pronunciar un saludo oficial en la ceremonia de designación de un centro cultural[1] para jóvenes con el nombre de Ángel Parra, me resonaba la letra de una canción escrita para le celebración del primer año del gobierno de Salvador Allende, “Cuando amanece el día”.  Ya sabemos el resto: “cuando amanece el día pienso / qué suerte tengo de ser testigo, / como se acaba con la noche oscura / que dio a mi pueblo dolor y amargura”. Y de modo elusivo, el residuo en mi memoria asume la merma del sentido y reproduce el imperativo por el cual cada día pienso, qué suerte tuve de ser testigo de aquel momento de enunciación de la canción de Ángel Parra, porque fui portador de la letra, caminando hacia “el mitin de la seis en el centro / donde estaría todo el pueblo gritando / pa´defender lo que se habría conquistado”.




Nada de lo que había en esa canción me podía interpretar ni interpelar, como lo habían hecho las musicalizaciones de “En el Tolima” y “El soldado”. La primera, siendo  una letra que le había regalado A. Yupanqui, para que le pusiera la música. El afecto de esa letra ya me había planteado la imposibilidad de aceptar el efecto de letra de la canción de 1971. El primero tenía que ver con las condiciones de afectación de un discurso, en el que A. Yupanqui ponía los términos de lo sería para mí, el límite de lo inaceptable: tirar el tiple al río.

En principio, todo estaba muy bien: era noche de peligro. Entonces, ¿cuál fue la consigna?: “el que lleve tiple en mano, que tire su tiple al río”. Allí estaba el principio de la fragilidad enunciada en 1971, porque el pueblo (solo) gritaría para defender la letra de su conquista, por efecto de una derrota ya inscrita en la frontera simbólica que en 1967 distinguía el arte (el tiple) de la política (la noche de peligro).

El tiple es una guitarra pequeña que se conecta en el diafragma de Ángel Parra, accediendo por contigüidad a la otra guitarra, fabricada en la cárcel del pueblo, en que el artesano-preso duda qué cuerdas ponerle si todavía no tiene clavijero. Pero esta es una canción en que la letra y la música son del propio Ángel Parra, que reproduce la estructura pentafónica que ya ha incorporado y elaborado desde que escuchara “El gavilán”, obra compuesta por Violeta Parra en 1960.

La guitarra es una metonimia de la mujer. Por cierto: “la guitarra y la mujer / se me figuran estrellas, / una no deja dormir / y la otra lo desvela”. Entre una y otra se sitúa la luz del alba en que emergen los pensamientos cercanos a la fuente subterránea de la interpretación de la historia, de la que hemos tenido la suerte de ser testigos, de cómo no solo no se acabó con la noche oscura, porque ésta permanecería inscrita en la filigrana distintiva de un programa que obligó a lanzar el tiple al río, dejando en primera línea al grito, como única arma para enfrentar una amenaza que desde ya no se podía conjurar.   

De este modo, “Cuando amanece el día” fue portadora de una normalización de la esperanza, mientras que “En el Tolima” y “La guitarrita” tuvo lugar el delirio razonable de la duerme-vela, quedando a un abismo de distancia entre la emancipación y el “policiamiento”  del programa. El tiple es un instrumento de cuerdas que fue lanzado al río. La guitarrita estaba descordada y reproducía la arcaica industriosidad del arte carcelario. No había clavijero orgánico que convirtiera el grito en materia. Entre estas canciones solo había cuatro o cinco años de diferencia.

Pero allí estaba escrito el desmoronamiento de una voluntad mantenida a la fuerza, a base de una ostentosa retórica de comité central, que trasladaba la factibilidad metodológica de (otras) revoluciones improbables; primero como tragedia y luego como farsa.



[1] El consejo municipal de la alcaldía de la catorceava circunscripción de Paris decidió poner el nombre de Angel Parra a un centro cultural para jóvenes perteneciente a una red de intervención social y cultural denominada Paris Anim’. Este centro es sostenido por la voluntad de la alcaldía y de la asociación CASDAL (Colectivo de Animación Sociocultural para una Dinámica de Acciones Locales). Ángel Parra llegó a vivir al barrio del XIV en 1977 y no se movió nunca más de allí. Al cabo de un corto tiempo se convirtió en n vecino eminente. Ya el hecho de ser quien era lo había situado en un ámbito de reconocimiento ligado a la solidaridad con Chile. Pero su manera de inscribir una  personalidad  en el barrio lo hizo ser reconocido como un ciudadano que aportaba con su saber y experiencia al desarrollo de la vida comunitaria. Ese fue el marco en que se realizó la ceremonia del 18 de mayo, en el 183 rue Vercingetorix.  Me atrevo a sostener que en el XIVème, Ángel Parra recuperó el pueblo incierto de su infancia. Es decir, ¿cómo pudo recuperarlo si nunca lo hubo? Porque aquí logró instalar las condiciones de desarrollo de su propia biografía como un mito.

viernes, 1 de diciembre de 2017

NOTAS PARA LA PONENCIA DEL LUNES 4 DE DICIEMBRE EN EL MUSEO VIOLETA PARRA.



El próximo lunes 4 de diciembre participo en el encuentro sobre prácticas curatoriales que organiza Carolina Herrera en el Museo Violeta Parra.  Una ponencia es una actividad performativa que durante una unidad de tiempo determinada obliga a dar cuenta del estado de avance de un estudio o el nivel alcanzado en el desarrollo de una investigación de largo plazo. En este caso, ni lo uno ni lo otro. El objeto de mi ponencia no está garantizado por relación alguna con el aparato universitario.  Se trataría, entonces, de señalar las condiciones de pervivencia de un tipo singular de investigación independiente, conducente a la producción de un determinado tipo de exposiciones.  Sin embargo, el objeto de mi ponencia no me conducirá a realizar ninguna muestra. Más bien, la muestra ya existe y está localizada fuera de aquí.  Más bien, debiera convencerlos de dirigirse al lugar donde está emplazada la obra a la que me voy a referir. Y como es mi costumbre, escribo la columna  que anticipa la ponencia, para poder disponer de un tiempo de exposición suplementario que incluye la lectura de un texto que debe ser entendido como el comienzo de mi intervención. De este modo, el encuentro ya empezó.

El objeto de mi ponencia es situar el lugar que ocupa Violeta Parra en el mural de Julio Escámez.  Para eso debo situar  primero este mural en la escena pictórica penquista. Es cosa de entender, primero, que en Concepción hay tres murales que han jugado un gran rol en la construcción del imaginario local. Esto, los santiaguinos no lo saben.  Desde ya, partamos con el mural de la Estación, realizado por Gregorio de la Fuente, en 1946. Después, está en Mural de la Farmacia Maluje, de Julio Escámez, pintado en 1957. Finalmente, está el mural de la Pinacoteca, ejecutado por González Camarena, el maestro mexicano, en 1962-63.  Entonces, uno va desde Prat con Barros Arana hasta Tucapel con Barros Arana, y de ahí cruza la plaza de los Tribunales y se dirige a la Casa del Arte al final de la diagonal que dibujó Emilio Duhart. Es un dibujo que se hace caminando.




Bien. Entremos al local de la farmacia. Hay una doble altura especialmente concebida para acoger el mural. Tenemos tres paneles. El primero, comenzando desde la izquierda está dedicado a la herboristería mapuche y a escenas rurales; el segundo se ocupa de reproducir una farmacia en un convento; mientras que el tercero aborda la ciencia contemporánea, asegurada por la investigación universitaria y las luchas sociales. En medio de este panel, hay una escena clave: la vacunación.  Pero debajo de esta escena hay una figura que despierta toda nuestra curiosidad. Es el retrato de Openheimer, el padre de la bomba atómica. A la izquierda de este retrato, hay un grupo de personas que lee el periódico en cuya página se reproduce una imagen de una catástrofe nuclear. Sobre esta imagen de un impreso pintado se instala otra, de una paloma que es dejada en libertad por una mujer vestida de enfermera. La escena de vacunación está, también, asegurada por la presencia de otra enfermera. Se trata de instalar la idea de la inoculación como antídoto. Es decir, la vacuna del marxismo contemporáneo como ciencia que garantiza el progreso de la humanidad y como ciencia externa que señala a las masas cual es el camino de la liberación de los pueblos.  Por eso, la zona que se sitúa a la derecha  de la vacunación es ocupada por un grupo de ciudadanos que representan a los intelectuales y políticos que se han hecho cargo en la región del comité de campaña de Salvador Allende, cuando se presentó por segunda vez a una elección presidencial. Pero también aparecen los albañiles que trabajaron en la construcción del mural, mezclados con poetas y artistas. Y en medio de este grupo, 
Violeta Parra,  con un vestido sencillo de color  violeta y portando en sus manos un ramo de flores violetas, medias mustias.




La sola descripción de este mural señala la existencia de un tipo de relación entre “arte y política” que aparece "giottianamente" fundamentado. 

¿Qué tiene que ver Giotto en todo esto? Tiene todo que ver. Hay que remitirse a la entrevista que le hacen a Julio Escámez en "Revista de Arte (segunda época)" en 1956, cuando éste regresa de un viaje por Italia.  Digamos que de lo único que habla es de Giotto y de lo que significó en pintura su reforma plástica. O mejor dicho, lo que significó para la teología de esa época el efecto de una pintura franciscanizante. Es decir, que entraba de lleno en un debate por el poder de la imagen y por el poder de la Iglesia como sociedad política.

En la historiografía chilena, todo el mundo des/avisado considera que “arte y política” fue una categoría inventada por Richard en el curso de heroicos debates que asolaron la reconstrucción de las memorias de la dictadura. 

Fíjense ustedes que ya en 1942, en Concepción, tuvo lugar una exposición financiada por los americanos en el marco de una estrategia de “buenos vecinos” en que el “hermano mayor” nos traía una exposición magnífica de obras de la colección del dueño de la IBM.  De todo esto, ya se ha escrito. Y no hay que olvidar que en 1941, Siqueiros y Guerrero pintaban el mural de la Escuela México, en Chillán.  Y de esto, se ha escrito más, aún. 

¿Es posible no incluir este mural en una perspectiva no-política? 

Pero no me quiero salir del Mural de la Farmacia. 

Todo indica, al parecer, que se trata de una análisis visual de la coyuntura  local, en un momento determinado  de la correlación de fuerzas político-culturales.  A la izquierda del tercer panel están los héroes de la ciencia comunista y de los profesores eminentes de la universidad.  El viejo profesor Lipchutz y  el dentista-escritor Daniel Belmar, en un solo panel, frente a dibujos anatómicos y retortas de un laboratorio de química.  A la derecha del panel, como decía, están los personajes que ponen en práctica los efectos de las luchas de masas en la teoría y en   la escritura. 


Me dirán: eso es ilustrativo. Bueno. ¿Y qué? Esa es la manera que los comunistas tenían para  producir un tipo de relación entre arte y política, en 1957.  Y que involucraba una manera de concebir sus relaciones con las artes populares, en tres terrenos: el de la música y de la poesía popular; el de la cerámica; y, el de la fotografía.