lunes, 2 de octubre de 2017

BLANCA CORRÍA LA LUNA.

En las notas adelantadas para realizar la conferencia del miércoles he mencionado el barrio Jacinto Vera. He venido varias veces a Montevideo. Siempre he sido conducido a los museos. Me he dejado conducir. Agente de crítica y curadoría, no veía de qué manera se podía conocer una ciudad sino a partir de una práctica específica.  Así, desde el Blanes al Jardín Botánico,  hubo un diagrama que determinaba los intereses textuales que me hacían inclinarme ante el cuadro de los 33.  

Sin embargo,  siempre tuve en mi memoria discreta, la resonancia de una canción de Viglietti, que escuchaba en los años setenta, en Santiago.  Es decir, un poema de Liber Falco, que había fallecido en 1955.  Viglietti le hace la música. La habían tomado como característica musical de un programa radial en el  que se leían cuentos latinoamericanos. Fue así como conocí, por ejemplo, “La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada”; antes que llegase a las librerías. Fue leída,  capítulo por capítulo, por un señor que se llamaba Beco Baytelman, con una voz amablemente enronquecida por la melaza del relato. 

Cada programa se iniciaba con las notas de un violín y de la guitarra que precedían los primeros versos: “Yo nací en Jacinto Vera / que barrio Jacinto Vera / ranchos de lata por fuera / y por dentro de madera / De noche blanca corría / blanca corría la luna / y yo corría tras ella”.

No sé por qué, hasta hoy, esas letras tan simples, me emocionan hasta las lágrimas.  Nunca, antes, en Montevideo, fui al barrio de Jacinto Vera.  Iré ahora, cuando ya no espero absolutamente nada de las prácticas artísticas y me he vuelto especialista en analizar las imposturas institucionales de los dispositivos de vigilancia y control de las intensidades sociales.  Mucha veces he propuesto que cultura sea una repartición dependiente del ministerio del interior, porque es un espacio de prevención destinado al manejo de poblaciones vulnerables. En términos estrictos, he terminado por pensar que los ricos no tienen necesidad de un ministerio de cultura, porque pueden convertir directamente sus gustos privados en políticas públicas implícitas.  Este fue el título de un artículo que publiqué en una revista catalana, en el 2014, al momento de dejar la dirección de un centro cultural. Lo que se nos pedía, desde el Estado, era realizar un buen manejo de poblaciones. Y en el mejor de los casos, convertir a las poblaciones en consumidores de ilusión movimientista, en la época del naufragio (in)voluntario de los movimientos sociales.

Sin embargo, no dejo de depositar mi confianza en los diagramas. Por ejemplo, las palabras y las notas de la canción de Viglietti son un diagrama; pero un diagrama de antes de que comenzara el empleo de la palabra diagrama.  Sin embargo, es lo más parecido a lo que hoy podemos entender por diagrama.  ¿Ven? Ranchos de lata por fuera y por dentro de madera. Un modelo de materialidad y de habitabilidad que encontramos en la arquitectura de cita virginiana  “a lo pobre” del norte salitrero, y que está presente en la arquitectura medianamente pretenciosa del enclave británico que fue Valparaíso durante el siglo XIX y cuyos despojos fueron convertidos –hace una década- en Patrimonio de la Humanidad.

Blanca corría la luna, y yo corría tras ella: esto es como recuperar la cita de una línea del primer capítulo de Pensamiento Salvaje de Levi-Strauss, convocado aquí para establecer una conexión con la conferencia sobre el trabajo de Diitborn.  La cita sería algo así: “como una sombra que anticipa su concepto”.  Bueno: eso es el diagrama. 

Blanca corría la luna y yo corría tras ella para alcanzar la dimensión de mi propia sombra, corporalizada por el vacío indicativo de su ausencia.  Lo cual me conduce, irremediablemente, a  reconstruir los efectos sociales de esas iniciativas que permanecen a medio camino entre  el deseo de representación y la representación de su deseo.

El diagrama sostiene el deseo de representación, mientras que la representación del deseo exige poner en movimiento la orgánica partidaria: es decir, la ministerialidad. Como una sombra que antecede a su concepto, el misterio del arte ha sucumbido al ministerio.  

El público montevideano de la conferencia del miércoles próximo se preguntará de qué manera se puede encontrar un diagrama de obra en una letra de Liber Falco.  Esta es, desde ya, una tarea. Más que un ejercicio. Es decir, tenemos su diagrama como obra musical y poética. El punto es cómo convertir ese diagrama ficcionado en un programa de acción.  Es decir, a qué misterio remitir la poética de Falco/ Viglietti.  


Sin embargo, aquí hay una trampa. Lo que determina esta elección, de mi parte, es la recepción de la voz de Viglietti,  por la radio, como cortina sonora de un programa de lectura.  La trampa consiste en que estoy recordando a Carlos Flores del Pino, amigo mío, que en 1969 recitaba en la Población Villa O´Higgins, un poema de Fernando Alegría, que se titula Población callampa.  Eso era, en términos estrictos, la manifestación del deseo, en el lugar exacto de su representación fallida.  Conocí, en 1992, una versión de Tito Fernández, que la recitaba sobre un fondo musical de El niño Luchín, de Victor Jara.  No eran lo mismo. Eso es evidente. Lo que había en el Viglietti de 1970, en Chile, era la persistencia de un acontecimiento constructivo, cuando en Fernando Alegría, lo que había era la memoria anticipada de una toma de terreno. El barrio Jacinto Vera ya era un barrio consolidado en Montevideo cuando escuchábamos intranquilos  a Viglietti  para conjurar el miedo a la representación. 

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